COMPARTIR
11

Sus habitantes se autodefinen como algo gruñones con sus vecinos y siempre atentos con el visitante. Sea o no cierto, la verdad es que la capital de Escocia es uno de esos lugares donde todo se antoja fácil. Al menos como turista. La ecuación no falla: el lugareño es simpático; el tamaño de la ciudad, manejable; y la arquitectura, privilegiada. Edimburgo se divide en tres zonas: el New Town que pese a su nombre cuenta con 200 años de historia; el Old Town la parte Medieval; y el puerto de Leith o The Shore. Los dos primeros concentran la mayoría de atractivos turísticos (de sobra conocidos), pero vale la pena asomarse a Leith. Pese a haber arrastrado durante décadas el estigma de barrio problemático los muchachos de Trainspotting arrasaron, hoy es una zona totalmente recuperada, perfecta para chapotear en una pinta y abandonar por un rato el bullicio de turistas que recorren el centro. ¡Salud!

Jamie Swift, 27 años. Jefe de barra

Hace cinco años dejó Brighton para mudarse a Edimburgo. Venía de una ciudad pequeña, cómoda y con variedad étnica y al llegar aquí sintió lo mismo, “exactamente la misma vibración”, dice Jamie apoyado en la barra del bar donde trabaja. Estamos a dos minutos de la Royal Mile, la calle más famosa de Edimburgo. Reconoce que es un privilegio poder ir andando a cualquier lugar y disfrutar de una arquitectura única. “Y, además añade, la vida nocturna es genial: hay decenas de locales donde tomarte un whisky o media pinta escuchando música en vivo”. Jamie es experto en whisky, especialmente del single malt, el whisky puro, de alambique. “Forma parte de la cultura escocesa”, explica. “Yo lo probé de muy joven y me sigue apasionando. Pero sobre todo me gusta descubrirles a los clientes la historia particular que hay detrás de cada destilería. Es un arte fascinante”.

Howie Nicholsby, 39 años. Diseñador de kilts

Desde su sastrería del New Town, Howie da forma al kilt del siglo XXI con diseños más acordes con los tiempos que corren. Reconoce que no es fácil normalizar la falda entre los hombres, pero él lo intenta con pasión: “En la vida hay que experimentar y, sobre todo, evolucionar. Con la ropa debería ser igual”. Habla muy en serio. Casi tanto como cuando dice que le encanta su ciudad y que espera morir aquí. “He viajado por todo el mundo, pero ya no me imagino viviendo en otro lugar”. Destaca las zonas de Stockbridge, Grassmarket y Leith; y hace una pausa larga para enumerar las razones por las que venera a Edimburgo: “Tenemos el festival de arte más grande del mundo, una variedad de restaurantes con estrellas Michelin, étnicos y comida tradicional única, y… ¡ese castillo! ¿Cuántas ciudades tienen un castillo en pleno centro, con un un único acceso y sobre un volcán?”. Si buscáis cicerone, Howie es vuestro hombre.

Gerry Wightman, 60 años. Chófer

Nació en Leith, el histórico Puerto de Edimburgo. Gery recuerda cómo vibraba de actividad este lugar durante los años 60, aunque hace hincapié en distinguir actividad de prosperidad: “El puerto funcionaba, pero en el barrio las casas estaban a medio acabar y, en general, en Leith todo estaba a medio hacer”. La mala reputación ha perseguido a Leith hasta hace bien poco, amplificada, sin duda, por la novela Trainspotting y la posterior película. “De repente venía gente preguntando por el bar que salía en la película. Aún hoy me lo piden”, explica Gery. “Claro que había drogas, pero ese problema no era exclusivo de aquí. Ha existido en todas las ciudades”. Este chófer bonachón se muestra satisfecho con el trabajo de recuperación que se ha hecho en los últimos 20 años. “Se ha invertido dinero y ahora tenemos restaurantes, bares, nuevas viviendas”. Leith, por fin, se ha sacudido su pasado gris.