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La paleta de color de la mayor de las Islas Baleares se adapta a las exigencias del artista. Al que busca una gama infinita de azules para plasmar una playa, al que requiere del verde saturado con grises de la sierra de Tramuntana, al que necesita ocres para una escena urbana en el casco antiguo de Palma. Ahí están los colores, el genio es cosa del pintor.

En esta ocasión, el pincel arranca su camino al noreste del lienzo, en la playa de Son Serra de Marina, un espacio natural protegido y que se ha convertido en spot para surfistas como Berni (sí, aquí también se surfea). Después el trazo cruza rumbo oeste hasta Sóller, en plena sierra, en un enclave único rodeado de un muro de montaña y salpicado de naranjos y tradición.

Allí encontramos a Antònia. Finalmente, con un golpe seco de muñeca el pincel desciende hacia el sur, hasta Palma. En Ciutat, Toni será el cicerone y el último tono en este cuadro irremediablemente colorido.

Berni, 33 años. Instructor de surf

Con 16 años llegó a un acuerdo con su madre: él aprobaría todas y ella, a cambio, le compraría una tabla de surf. Y lo consiguió. Lo que no sabía Berni es que la pasión por surcar olas lo llevaría a ganarse la vida como instructor… en Mallorca. “Hay gente que aún flipa: ¿Cómo? ¿Que en Mallorca se hace surf?”, cuenta mientras señala las olas que hay a su espalda. La cultura surfera ha crecido mucho en Mallorca, pero aún hay gente que viene y se sorprende al ver surfistas en las playas.

Y eso que las características de esta isla, asegura Berni, ofrecen muchas ventajas. “Primero, que aquí no hay mareas, así que un día con buenas olas te puedes tirar tranquilamente 4 o 5 horas en remojo”. La otra ventaja, que da igual de dónde sople el viento: “en coche, se llega a cualquier rincón en poco más de una hora”. Sus playas favoritas: Cala Mesquida y Son Serra de Marina, al norte. Confiesa que tiene más, pero se las guarda para él y su tabla.

Antònia, 45 años. Administrativa

El valle en el que se asienta Sóller ha sido durante décadas un lugar recóndito. El pueblo ha escrito su historia encajonado entre las montañas de la sierra de Tramontana y una pequeña salida al mar, Es Port. La orografía, dicen, moldea el carácter. Antònia lo confirma: “Sí, somos muy nuestros”, dice entre risas. “Aunque no creo que seamos cerrados. Es un pueblo, y en todos los pueblos la gente siente lo suyo como algo especial”. El catálogo de peculiaridades sollericas es larguísimo.

Las recomendaciones de esta administrativa van desde degustar los caracoles con alioli el día de Sa Fira (segundo domingo de mayo) hasta un paseo por el puerto o simplemente sentarse en la plaza a tomar un café. Pero si le dan a elegir un momento especial, no lo duda: “invierno, cuando baja el número de visitantes, y salir a hacer una excursión. Por ejemplo al Barranc de Biniaraix. Hay que estar un poco preparado… pero poc a poc! y no hay problema”.

Toni, 69 años. Jubilado

Se ha pasado 31 años haciendo de proyeccionista en la cabina del cine Lumière de Palma. “Menos a leer y escribir, casi todo lo que sé lo he aprendido a través del cine”, cuenta este palmesano ya jubilado. Dice que ahora le da pereza meterse en una sala a ver películas –salvo que le insistan sus dos nietos–, y que prefiere la música, juntarse con otros veteranos “para cantar habaneras, boleros y alguna que otra ranchera”.

Además, le gusta también pasear y fotografiar a su querida Palma. Le encanta ver mundo, pero la isla tira. Mucho. “Con los años, Palma se ha embellecido aún más. Está muy guapa. El casco antiguo, sus terrazas y bares, las tiendas”, asegura Toni, que disfruta, también, de caminar frente al mar, “delante de la catedral y llegar hasta El Portixol o El Molinar”. Antes de seguir ruta, me lanza tres recomendaciones: “unas sopas mallorquinas, el frito y la lechona. Y de postre, chupito de herbes”. Hagan caso a este artista.