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Pese a que el sol les racanea horas de luz con una severidad que, desde España, duele, los noruegos no viven abonados al drama. Aquí nadie saben cuánto tiempo estará el cielo despejado, así que optan por una joie de vivre especial. Si uno pasea con buen tiempo por Oslo comprobará sorprendido la velocidad a la que se despliegan mantas sobre el césped de los parques. Dicen que para conocer Oslo y entender al noruego uno tiene que adentrarse un domingo en los bosques de alrededor. La mitad de la población estará allí, paseando o comiendo gofres con mermelada en una cabaña. La ciudad vive con pasión su áreas verdes. Aquí nadie se encierra salvo que haya ventisca. Algunos llaman a esto friluftsliv —una tendencia de moda que al inglés se traduce como free air life—, aunque quizás solo sea una necesidad de vitamina D.

Sarah Hope, 28 años. Licenciada en Turismo

Nació en Bergen y se mudó a la capital hace ahora dos años. Reconoce que al principio Oslo le pareció demasiado grande, pero que con el tiempo fue acostumbrándose al cambio. Hoy, todo son virtudes, especialmente en lo que a ocio se refiere. “Los parques, en verano, son fantásticos”, explica Sarah. “La gente disfruta tomándose una cerveza al sol, relajada. Además, se organizan muchísimos conciertos al aire libre”. Esta recepcionista de hotel confiesa que el sabor de Oslo está en el barrio de Grünerløkka, “en cualquier café” y recomienda venir en verano, aunque no dramatiza al invierno: “Es más sencillo disfrutar de Oslo en verano, claro. Pero en invierno, si te gusta esquiar, por ejemplo, tenemos los bosques de Oslo a 20 minutos, que están llenos de pistas para esquí de fondo. Eso sí —advierte Sarah—, mejor abrigarse bien”.

Siri Wendelborg, 41 años. Manager de proyectos de inmigración

Después de vivir en Barcelona durante cerca de cinco años, en 2007 a Siri no le quedó más remedio que volver a casa: “Tenía que pagar el crédito de estudios”, dice con una mueca. Diez años después del retorno a Oslo, esta noruega risueña sigue añorando el barrio de Gràcia, pero no le cuesta enumerar cosas que le seducen de su ciudad: “La luz del verano es increíble; es una ciudad verde, con un montón de parques dentro de la ciudad. Siempre hay algún concierto bueno de rock; y tenemos buena arquitectura, como el Proyecto Barcode”. También destaca la predisposición del noruego a aprovechar cualquier tregua meteorológica: “Si hace bueno, es habitual ver a la gente que sale de trabajar improvisar un pícnic en un parque. Porque, cuando no sabes si mañana hará buen tiempo o no, tienes que disfrutar del sol cuando llega”.

John Wasserfall, 71 años. Jubilado

Trabajó toda su vida en la producción industrial y siempre ha vivido en Oslo. Ha visto la evolución de su ciudad y cuando mira alrededor sus ojos se abren de golpe: “Todo ha cambiado muchísimo”, asegura. “Aquí antes solo había edificios bajos, de tres alturas. Ahora llegamos a los 12 pisos. Es algo nuevo, pero se está normalizando. Antes la gente tenía su jardín. Ya no. La presión inmobiliaria hace que los propietarios vendan y se construyan pisos donde antes solo había una vivienda”. Pese al crecimiento y los cambios en la fisonomía de Oslo, John asegura que el oslense sigue muy pegado a la naturaleza: “Tenemos el mar y el bosque. Todo muy cerca. Esto es un lujo para quien le guste el aire libre. En mi familia somos esquiadores, pero también tenemos un bote pequeño a vela. Aquí disfrutamos las cuatro estaciones en el exterior”.