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Durante décadas, el ambiente multicultural y bohemio de Tánger fascinó a pintores (Delacroix, Matisse) y escritores (Paul Bowles, William S. Burroughs), pero también a espías, estafadores y visitantes excéntricos atraídos por la condición excepcional de la ciudad como zona internacional autónoma, situación que finalizó al integrarse en Marruecos en 1956. La actual y moderna ciudad se parece bien poco a la de la primera mitad del siglo XX, cuando era un hervidero de artistas y personajes al margen de la ley, pero es a esa Tánger vibrante y peligrosa a la que parecen remitirse los responsables de El ultimátum de Bourne. La película —la tercera de la serie— es considerada como la culminación de esta influyente saga de acción protagonizada por un espía amnésico en busca de su identidad. En el filme, Jason Bourne (Damon) viaja a Tánger —después de una fugaz visita a Madrid— en busca de un agente fugado que le puede dar pistas sobre su pasado. Cuando un asesino a sueldo acaba con este, se inicia una trepidante persecución a pie por las estrechas calles de la Medina que acaba en los tejados de los típicos edificios pintados de blanco del casco viejo de la ciudad. La Medina está dividida en varias zonas —el Zoco Grande, el Zoco Chico y la Alcazaba— y, además de diversos mercados en los que comprar comida, ropa o artesanía, contiene algunas de las mezquitas, palacios y jardines más emblemáticos de la ciudad.