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Tal vez era porque aquel día Magec, dios del sol, lucía con más ansias que otros. O quizás fuese solo una apreciación suya. El caso es que al salir de su guarida y quedar cegado por el brillo que emanaba del cielo, Guayota notó que el odio que profesaba por el Señor del Sol y la Luz se intensificaba por momentos. Sin pararse a pensar el porqué de esa desazón, el maligno dios se dirigió hacia donde se encontraba Magec y sin mediar palabra lo apresó y lo recluyó en el interior del Echeyde, la montaña más alta de la isla y que hacía las veces de su morada, dispuesto a que no dejarlo salir de allí jamás.

No hizo falta mucho tiempo para que los guanches se dieran cuenta de la falta de la deidad encargada de traer la luz cada mañana. El mundo se había sumido, de repente, en una completa oscuridad. Recurrir a Achamán, el dios supremo, fue la única vía que encontraron para volver a la normalidad. Y Achamán escuchó sus ruegos. Averiguar quién estaba detrás de aquel suceso no le resultó difícil y raudo se dirigió al escondite de Guayota.

Allí encontró a Magec y a su captor. Después de liberar al primero, quien devolvió al instante la luz al planeta, Achamán y Guayota se enzarzaron en tal disputa que no hubo rincón del mundo conocido que no supiese de ella. El Dios Supremo hizo valer su omnipotencia imponiéndose a Guayota, al que decidió aprisionar para siempre en su guarida. Para asegurarse de que el prisionero no escapase de allí de por vida, Achamán selló el cráter de la montaña. Desde entonces, solo en ocasiones, se ha tenido noticias de Guayota, quien solía manifestar su ira lanzando lava, polvo y piedra a través de la boca del Echeyve. No se tiene noticia de uno de sus míticos enfados desde el 18 de noviembre de 1909, fecha de la última erupción registrada en el Teide.