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Tal vez no exista calificativo idóneo para definir lo que debió de ser aquella erupción. Ocurrió sobre 1600 a.C. en la actual Santorini. Aquel volcán soltó tal bocanada de lava y piedras que fueron pocos los lugares de la Tierra que no lo advirtieron. Cuentan que el humo y la ceniza cubrieron el cielo del Mediterráneo durante mucho tiempo y que, incluso, las nubes grises podían divisarse desde China. Ni el terrible estallido del indonesio Krakatoa, en el XIX de nuestra era, puede compararse a lo que debió de ocurrir en el Egeo en aquel entonces.

Santorini perdió buena parte de su superficie tras la explosión. Algo más al sur, en Creta, los efectos del tsunami provocado por aquella también fueron devastadores. Algunos expertos aseguran que el furibundo despertar del volcán fue lo que acabó con la civilización minoica. Sostienen, incluso, que aquel acontecimiento dio origen al mito de la Atlántida que más tarde Platón recogería en sus diálogos.

Algunas coincidencias entre ambas islas, la real y la descrita por el filósofo, alentaron a los que señalaban a Creta como la verdadera Atlántida. La isla perdida de la que hablaba Platón ejerció en su tiempo un dominio en el occidente de Europa y el norte de África similar al que detentó Creta. Además, al igual que el minoico, el declive atlante coincidió con una catástrofe natural que asoló la isla. ¿La erupción del volcán de Santorini? Pudiera ser salvo por un pequeño detalle: entre ambos hechos hay un lapso de tiempo de varios milenios (la desaparición de la Atlántida, según Platón, ocurrió en el 9000 a.C).

Las dimensiones de la legendaria isla tampoco coinciden con las de Creta. Los 8.300 kilómetros cuadrados de superficie de esta no corresponden con el tamaño de una tierra «mayor que Asia Menor y Libia juntas» a la que hacía referencia el relato platónico. Además, este localizaba a la Atlántida en una zona próxima a las Columnas de Hércules (en el Estrecho de Gibraltar), límite del mundo conocido por los griegos por aquel entonces.

De haber existido, pues, es poco probable que la Atlántida sucumbiese ante los nocivos efectos del gigantesco volcán de Santorini. Lo que sí parece más posible es que aquella tremenda erupción forjó su mito.