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Circe le avisó: aquellas Sirenas, mitad mujer, mitad pájaro (sí, pájaro, no pez), intentarían engatusarle a él y a toda su tripulación con sus dulces voces cuando comenzara su travesía de vuelta a Ítaca. De escuchar sus cánticos, tanto Ulises como el resto de sus hombres caerían presos de sus hechizos. Tan cautivadoras podían resultar aquellas melodías que Circe no descartaba que sus hombres y el propio rey saltaran por la borda al tratar de escucharlas más de cerca. Lo mejor, sin duda, era evitar caer en la tentación por lo que, como medida preventiva, la diosa aconsejó a Ulises que sellara los oídos de todos ellos con cera. Él podría permanecer a la escucha pero con la condición de amarrarse de manos y pies al mástil del barco. De forma que, por embaucadores que fuesen los cánticos, no pudiera escapar del cordaje.

Ya estaban en altamar con los oídos tapados unos y atado el otro, cuando este último comenzó a sentirse extasiado. Ulises no era capaz de detectar de dónde provenían aquellas voces, pero tal era su belleza que intentó por todos los medios desatarse e ir a buscar a sus propietarias. Pero sus compañeros de viaje le habían atado tan fuerte que por mucho que lo intentaba no podía zafarse de los amarres. Tampoco aquellos podían escuchar sus desesperados gritos con los que suplicaba que le dejasen ir al encuentro de las sirenas.

Pasados unos minutos todo acabó. Las voces se acallaron y Ulises cejó en su lucha. El héroe había logrado escuchar a las sirenas sin que ello le hubiese costado la vida. Sus hombres también habían sobrevivido gracias al consejo de Circe. Lo que la diosa no les contó es la consecuencia que aquello acarrearía a las sirenas. En especial a una. El hecho de que ningún mortal hubiese sucumbido al encanto de sus voces tenía que castigarse con la muerte de una ellas y la elegida, en aquella ocasión, fue Parténope. Una vez inerte, el cuerpo de la sirena fue mecido por el mar hasta quedar encallado en la costa. En aquel punto del Mediterráneo se alzaría una ciudad, Palépolis (Ciudad Vieja), a la que también se la conocería como Parténope en honor a la sirena caída. Un tiempo después, los habitantes de la ciudad decidieron trasladar su residencia a un área cercana, dando lugar a Neápolis (Ciudad Nueva), a la que hoy todos conocemos como Nápoles.