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Habían pasado treinta años desde el triunfo en la batalla de Aljubarrota (1385), aquella con la que Joao I había alcanzado el trono de Portugal y consolidado su independencia respecto a la corona de Castilla. Ya iba siendo hora de una nueva gesta que refrendase su reinado y aquel territorio al norte de África lo tenía todo para ser el escenario perfecto de la misma. El monarca luso no solo ansiaba terminar con el dominio musulmán en Ceuta sino incorporar la ciudad a sus dominios. La decisión estaba tomada: la toma ceutí se llevaría a cabo costase lo que costase.

Fueron algo más de 20.000 hombres los que se embarcaron en doscientas  naves rumbo a la ciudad norteafricana. Con ellos se iniciaba la expansión portuguesa más allá de la península por lo que la afrenta debía realizarse sin deparar en gasto alguno. Los portugueses así lo entendieron y por eso no dudaron en abastecer con todo lo necesario a la expedición. Mención especial merece la generosidad demostrada por los habitantes de Oporto que pusieron a disposición de los combatientes la práctica totalidad de sus despensas. Enviaron sus mejores alimentos a las embarcaciones quedándose ellos con los despojos.

A falta de otros ingredientes, a los portuenses no les quedó otra que echar imaginación a sus cazuelas. Aquellas vísceras serían la base de guisos a los que incorporaron también lo poco más de lo que disponían en sus cocinas. El plato se convirtió en el símbolo de la ciudad hasta el punto de que sus habitantes se ganaron otro gentilicio: tripeiros. Seis siglos después, los guisos a base de tripa siguen deleitando no solo a los tripeiros sino también a aquellos que quieren conocer los platos más populares de la ciudad en la que el Duero desemboca.