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En Vidas paralelas, Plutarco aseguró que fue allí donde Marco Licinio Craso se refugió durante ocho meses tras huir de Cina y Cayo Mario. Pero el general romano no fue el primer habitante de la cueva del Tesoro, en Rincón de la Victoria; las pinturas rupestres de una de sus salas atestiguan presencia humana muy anterior.

Aunque no es hasta el siglo pasado cuando la hasta entonces cueva del Higuerón, situada a unos 15 km de la capital malagueña, pasa a conocerse como la cueva del Tesoro. Para entender el porqué de la nueva denominación hay que remontarse a la invasión musulmana de la Península Ibérica. Según la leyenda, el último rey almorávide, Tasufin ibn Ali, embarcó el tesoro de sus antepasados justo antes de morir en Orán a manos de los almohades en 1145. La nave, cuentan, llegó hasta la cueva, la única de origen marítimo de Europa, donde un emisario de Ibn Ali se encargó de esconder el tesoro.

De las alhajas y demás riquezas de aquellos emires nada más se supo hasta que en el siglo XVII fray Antonio Agustín de Milla y Suazo, natural de la ciudad argelina, recogió en sus escritos la historia de Ibn Ali y señaló a la cueva malacitana como el lugar donde se encontraba su fortuna. Casi cien años después, las Conversaciones malagueñas, escritas por Cristóbal Medina Conde (bajo el seudónimo de Cecilio García de la Leña), ratifica la teoría del fraile. La cueva se convierte desde entonces en lugar de peregrinación de los buscadores de tesoros. Algunos relatos de la época recogen las incursiones de varios de ellos, como la de aquel grupo de diecisiete cazatesoros que huyeron despavoridos tras divisar la sombra de lo que ellos creían era un gigantesco caimán. Otros, como el suizo Antonio de la Nari, invirtieron buena parte de su vida a buscar el botín. En el caso del helvético, 30 años. Y hubieran sido más de no ser por el barreno de dinamita que le hizo añicos cuando trataban de abrir un nueva entrada a la cueva.

Manuel Laza fue el último en intentarlo y el encargado de que ahora todo el mundo conozca el lugar como la cueva del Tesoro. Tras 38 años buscando el legado de los almorávides sin resultado alguno, abandonó la batida. Aunque nunca ha dejado de creer que el tesoro sigue aguardando en alguna de las numerosas grutas de la cueva, que se resiste a entregarlo tras casi mil años custodiándolo.