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A un lado Buda; a otro Pest. El Danubio había sido la frontera natural de ambas ciudades desde sus orígenes y lo seguía siendo a principios del XIX. Las embarcaciones que lo atravesaban suponían la única opción con la que contaban los habitantes de una y otra para alcanzar la otra orilla. Durante los inviernos más gélidos, las aguas heladas del río ofrecían otra alternativa: cruzarlo a pie o, incluso, en coche de caballos.

El tráfico entre una y otra ciudad crecía en intensidad. El puente de pontones que se había instalado de forma provisional no daba abasto. Eso sin contar los estragos que las inclemencias climatológicas provocaban en su estructura, con el consiguiente riesgo para los usuarios.

La necesidad de construir un puente que uniera Buda y Pest de manera permanente y segura se convirtió en perentoria. Fue después de pasar más de una semana tratando de encontrar el modo de cruzar el Danubio, cuando el conde Esteban Széchenyi decidió ponerse al frente de proyecto y financiarlo. Corría el año 1839 y el noble contó para el diseño y construcción con los prestigiosos ingenieros William Tierney Clark y Adam Clark.

Diez años después, se inauguraba el Puente de las Cadenas. Los habitantes y autoridades de Buda y Pest acudieron en masa. La construcción no sólo entusiasmaba por su funcionalidad, sino también por su belleza y dimensiones: con sus 380 metros de largo y 16 de ancho era, en aquel entonces, el más grande de Europa. Un tiempo después, el puente remataba su majestuosidad con la instauración de las figuras de dos imponentes leones tallados por János Marschalko. Tan orgulloso estaba el escultor de su creación que, en una ocasión, retó a los presentes a que encontraran el mínimo fallo en los pétreos felinos. Fue un niño el que aceptó el desafió y rápidamente encontró una pega en las esculturas: los fieros leones no tenían lengua. Cuentan que, al oír aquello, el rostro de Marschalko cambió de gesto y color repentinamente. La humillación apenas duró unos instantes. Los que pasaron antes de que se arrojara a las aguas del Danubio.

Aunque como toda buena leyenda, esta también dispone de una doble versión. La otra asegura que aquel no fue el último día de vida Marschalko. Ya anciano, el escultor seguía disculpando su supuesto descuido argumentado que aquellos eran leones y no perros, ¿por qué debían, entonces, mostrar permanentemente sus lenguas?