COMPARTIR
7

No había lugar en el Mediterráneo que Roma no controlase. El Mare Nostrum era totalmente suyo. Y aquella isla no iba a ser una excepción. Las tropas romanas encontraron en Olbia y en el resto de Cerdeña un paraíso próximo a su capital. Sus minas, además, podían cubrir las necesidades de plomo del Imperio.

Lo que sorprendió a las huestes romanas fue no encontrar a nadie al llegar a aquellas tierras. ¿Sería posible que estuvieran deshabitadas? En realidad, no era así. Al avistar la proximidad de los navíos romanos, los habitantes de la isla se escondieron en cuevas próximas a la costa. Pescadores y campesinos en su mayoría, no estaban dispuestos a entrar en batalla contra aquellos soldados. Preferían permanecer guarecidos en las grutas a la espera de acontecimientos.

Pero la situación pronto desesperó a los más jóvenes. Ostio, uno de ellos, convocó a escondidas al resto y les prepararó una emboscada a los romanos. Para ello, partirían al campamento de estos por la noche. Los adultos no debían enterarse. Y no lo habrían hecho de no ser por un anciano pastor que avisó a los padres de los chicos cuando estos salieron a hurtadillas aprovechando que todos dormían.

Los progenitores salieron en su busca temiéndose lo peor. Llevaban varios minutos corriendo cuando a lo lejos avistaron a los romanos. Al acercarse pudieron comprobar que estos estaban desarmados. Y al lado de ellos, sus hijos. Los campesinos y pescadores sardos no sabían interpretar la situación hasta que uno de los soldados les explicó:

«No combatimos contra jóvenes. Sin embargo, su osadía nos ha sorprendido gratamente. Nos gustaría firmar la paz con sus padres».

Solo le faltó apuntillar: «Roma no paga a traidores pero sí trata con valientes».