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Dicen que fue al separarse de la isla de Ibiza cuando Es Vedrà adquirió ese magnetismo y fuerza energética que muchos le atribuyen. Desde aquel momento, el islote que se levanta a apenas 2 km de la costa ibicenca se convirtió a veces en escenario y otras en causante de fenómenos que escapan a la razón.

El caso Manises fue uno de los más sonados. Lo bautizaron con el nombre de la localidad valenciana porque fue en su aeropuerto donde el avión Supercaravelle de la compañía TAE tuvo que realizar un aterrizaje forzoso el 11 de noviembre de 1979. El motivo, el avistamiento de un ovni en el momento en el que sobrevolaban Es Vedrà. El piloto se vio obligado a tomar tierra cuando él y el resto de la tripulación observaron estupefactos cómo un conjunto de luces rojas se aproximaban a una velocidad endiablada hacia ellos. La única manera que el capitán de la nave encontró para evitar la colisión frontal fue un cambio de rumbo y el posterior aterrizaje de emergencia.

Pero ¿qué eran esas luces? Casi 40 años después del incidente sigue sin haber respuesta. Y mientras se trataba de encontrar, en Es Vendrà y sus alrededores seguían aconteciendo todo tipo de situaciones cuanto menos extrañas. Quienes bucean sus aguas hablan de sonidos difícilmente explicables bajo el mar. Eso, sumado al anormal comportamiento de ciertos peces de la zona o los fallos en los sistemas de navegación y radares de las embarcaciones que surcan las aguas cercanas a la isla, han alimentado la leyenda que localiza un triángulo del silencio, similar al de las Bermudas, en aguas mediterráneas. Sus vértices: la costa suroeste de Mallorca, el peñón de Ifach, en Alicante, y, por supuesto, Es Vedrà.