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No es fácil entender que hay momentos del año en los que en Helsinki el sol no llega a ponerse del todo. Uno puede imaginar simplemente un día más largo, pero no acertaría.

Es una suerte de atardecer continuo, como si un mayordomo hubiera bajado las luces para crear un ambiente más suave. O como si el cielo estuviera en periodo de transición y, de repente, hubiera olvidado si le tocaba pasar del día a la noche o de la noche al día; y se quedara unas horas así, indeciso, tiritando en esa media luz.

Los visitantes que llegan a Helsinki en esos días de media luz comparten su desorientación.

Algunos se aferran a sus relojes porque, de otro modo, no es fácil saber en qué momento del día se encuentra uno. Otros prefieren dejarlo en casa y olvidarse momentáneamente del avance imparable de las agujas, agradeciendo la complicidad de ese cielo que no les da ninguna pista sobre el momento exacto en el que se encuentran.

En ningún sitio se valora un rayo de sol como en Finlandia. Si el sol regala unos cuantos, enseguida se verá a los viandantes comprar en el puerto unas brillantes raciones de salmón para llevar, o subirse a los barcos que parten rumbo Suomenlinna, o tumbarse en un parque a disfrutar de música en directo.

La sauna la dejarán para luego, para cuando el aire queme la piel y la temperatura traspase ese límite a partir del cual es difícil discernir si hay cinco grados de más o de menos. El frío y la melancolía, diferentes aquí de los de cualquier otra parte, son el justo precio a pagar a cambio del placer de caminar por encima del mar Báltico o de sumergirse en el Parque Nacional de Nuuksio guiándose tan solo por el inquietante silbido del viento entre los árboles.

Si visitas Helsinki, entonces ¿lo harás con reloj o sin él?