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Sintió que pisar Granada hacía flaquear sus fuerzas. El dualismo del arte mudéjar, mezcla del arte cristiano y el musulmán, le recordaba irremediablemente a ella. En las calles de la ciudad se respiraba la misma mezcla que para él había sido sinónimo de amor.

Ellos vivieron con esa dualidad, que al principio fue curiosa y alentadora y luego, cuando se cruzaron las familias y las tradiciones, fulminante.

Visitó La Alhambra una vez más y no se sorprendió al percibirla distinta, porque siempre lo era. En esta nueva ocasión, encontró dos muchachas sentadas en el pórtico del Patio de los Arrayanes. Una de ellas leía una leyenda, la otra escuchaba. El cuento hablaba de uno de tantos amores frustrados por una familia incomprensiva y atada a las costumbres. Quizá el de la dama blanca del Castril, cuyo padre asesinó a un criado creyendo que era su amante; o tal vez el de Elvira Padilla y su fuente de mármol blanco, a la que ahora acuden los jóvenes a prometerse amor eterno.

Mientras observaba a un grupo de chiquillas chapoteando en la Fuente del Realejo, de la que se dice que aporta belleza y salud –no perderán las personas una oportunidad de ser mejores, aunque esta sea remota o irrisoria–, se preguntó qué habría hecho mal. Quizá, cuando visitó la Abadía del Sacromonte, rozó sin querer la piedra blanca, a la que se atribuye el poder de romper parejas.

O quizá simplemente aquella belleza morisca de personalidad desbordante y él no tenían que ser; tal vez eran dos personajes más de la misma leyenda frustrada que se repite con distintos nombres. Tal vez ella tenía que quedar así en su recuerdo, como existe La Alhambra: provocando temblores a tantos y sin ser de nadie.