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Nuestro viajero —pongámosle por ejemplo su cara, lector— puso su primer pie en Kiev y se sintió un tanto mareado, como quien baja de un barco o sube a un puente tambaleante. El efecto lo produjeron los caprichosos trazados que forman las calles de la capital ucraniana: manzanas triangulares, ovaladas o sin forma definida se entrelazan en un característico caos acentuado por el ruido y la abundancia de coches.

Nuestro protagonista comenzó a avanzar pausadamente por Maidán, «la plaza», buscando algún lugar donde tomarse un buen café. Decenas de sitios decorados con buen gusto alargaron sus brazos de diseño tratando de llamar su atención, pero él se resistió a meterse en ninguno, teniendo como tenía todo un espectáculo de puertas hacia fuera.

«Qué rara es la gente aquí», pensó al tiempo que se cruzaba con una joven alta y morena de tez muy blanca, muy maquillada, cogida del brazo con una anciana que parecía su antónimo viviente; «y qué confiada camina en su extravagancia. ¿Seré acaso yo el elemento extraño?»

Por más que lo intentó, no logró imaginar esas calles sumidas en la calma que otras ciudades presentan a altas horas de la madrugada. Un mercadillo aquí, un kiosko callejero allá y más tarde una trifulca entre el conductor del autobús y un señor con perilla que salió de un todoterreno convencieron al visitante de que ese era el estado permanente de la ciudad: el de representación de una suerte de obra teatral grotesca y magnética de la que todos eran figurantes.

Finalmente, se sentó en una terraza con buenas vistas a ese corral de comedias y copió el plato de la persona que estaba sentada más cerca. Resultó ser un борщ (borsch), la típica sopa de remolacha ucraniana. La primera cucharada le quemó un poco. Mientras saboreaba la segunda, levantó la vista hacia la calle colorida esperando a que comenzara el siguiente acto.