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Cómo no va a elegir Copenhague como sitio para vivir uno de los mejores creadores de cuentos de todos los tiempos, si es esta la ciudad más predispuesta al cuento.

Sus casas de colores, los viandantes que se dejan embelesar por los detalles y el rumor pausado del agua de los canales hacen que sea imposible imaginar a Andersen creando sus historias imperecederas en ningún otro lugar.

Aquel que la visite por primera vez quizá perciba algo extraño en el ambiente, que sólo un rato después se le revelará: es la ausencia de ruido. O al menos del ruido excesivo característico de las grandes ciudades. Copenhague cuenta con una moderna señalización de tráfico, pero sus vías están concebidas para el control de los vehículos y la comodidad de los peatones. Aunque sus estrechas calles formen encrucijadas, el peatón nunca tendrá que pegar la espalda contra la pared para que pueda pasar un coche. Es una ciudad verde donde mandan los viandantes y, si acaso, las bicis.

Le da a uno la impresión de que no hay edificio feo en Copenhague. Cada construcción es un monumento, y esto se aplica también a los jardines de Tívoli, ejemplo palpable de que puede haber arte en algo en apariencia tan frívolo como un parque de atracciones.

En Dinamarca todos son altos, no sólo los jóvenes. Al ver la presencia imponente de los guardias que pasean por la ciudad con parsimonia y gesto amable, es inevitable acordarse del pasado vikingo de la zona. En la plaza del ayuntamiento descansan estatuas que narran episodios de la mitología vikinga y en el museo Nacional es posible conocer a fondo cómo era el día a día de aquellas tribus.

La Sirenita parece pequeña a casi todos los visitantes. Deja de serlo cuando uno consigue evadirse de la gente que hay alrededor y la contempla sólo a ella, perfecta guardiana de la bahía que observa y de miles de secretos que los marineros daneses le han confesado durante siglos.

REALIZACIÓN E ILUSTRACIÓN: Fran Marcos

FOTOGRAFÍA: Jesús Leonardo

MAKE & HAIR: Moisés Freire

MODEL: Svetlana at Blow Model