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Dicen que el agua de azahar ayuda a deshacer los ‘nudos en el estómago’. Se obtiene infusionando flores blancas como la del naranjo. En Sevilla hay más naranjos que en ningún otro lugar del mundo, pero los sevillanos tienen otras muchas formas de calmar los males del cuerpo y del alma.

Ellos siempre han considerado a Hércules su legítimo fundador. Sobre ese noble origen han edificado una cultura festiva y colorista que venera tres cosas sobre todas las demás. Estos tres pilares son su mejor medicina.

El primero es su gente, siempre orgullosa de su ‘duende’.

El segundo, la dimensión espiritual de la ciudad, tradicionalmente conectada a un amplio imaginario de símbolos religiosos entre los que destaca la celebración de una sentida Semana Santa.

Y el tercero, los elementos del propio paisaje urbano e histórico de la antigua Hispalis: edificios como La Giralda, la Torre del Oro o la Maestranza, cuya visión reconforta al instante al sevillano que regresa a casa.

La urbe sevillana respira junto a sus gentes y pareciera que también siente con ellas. Ejemplo de esto es el Parque de María Luisa, ordenado a propósito de una manera un tanto caótica. El paisajista francés que lo diseñó, Jean Claude Nicolas Forestier, explicó que esta falta de simetría respondía a su idea del amor romántico, «que no puede ser sino salvaje y desmedido».

Estos tres ingredientes bastan para sanar las fuerzas del sevillano y de cualquiera que consiga entender la peculiar pasión de esta gente por su origen. Si alguna vez no fueran suficientes, siempre puede uno tomar un traguito de agua de azahar.