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Él no tenía interés en hacer el camino. Fue a regañadientes, porque ella sí.

Metió demasiadas cosas en la maleta —como casi todos—, aún no sabía que ese viaje le enseñaría a seleccionar mejor. Los primeros días se centró en su cuerpo. Cuando no se acostumbra a caminar, es fácil que aparezcan molestias, dudas, protestas. 

Alrededor del cuarto día levantó la mirada y comenzó a pasar más ratos en silencio porque su mente estaba ocupada por las cosas que veía.

A partir de la segunda semana, las conversaciones entre ambos se tornaron más bellas, más importantes o divertidas; mejores. Un día, se dio cuenta de que llevaba dos sin recargar el móvil.

También fueron enriqueciéndose las charlas con terceros con los que compartían desde minutos hasta etapas enteras.

Hacía poco que se había cumplido un mes de marcha cuando vislumbraron Santiago por primera vez desde el Monte do Gozo.

El olor del botafumeiro y los cruces de miradas entre los que saben lo que ha costado llegar hasta allí hicieron mágica su estancia en la Catedral a pesar de no haber llegado él allí por motivos espirituales.

Cuando leyó su nombre en latín en la Compostela le pareció apropiado porque, en efecto, se sentía otro. Miraba más a su pareja y sus preguntas para ella eran mejores.

En la casa de comidas donde pidieron un menú, un cucharón apareció por encima de su hombro izquierdo para verter una ración de grelos con patatas tomada de una fuente de cerámica de Sagradelos. El sustancioso olor le hizo pensar: “qué suerte tengo”, las mismas palabras que cruzaron por su cabeza cuando un rato después los colores del Mercado de Abastos lo llamaron desde los puestos.

Reticente a dar por finalizada la odisea, esta vez fue él quien la animó a ella a caminar un poco más, 90 kilómetros en concreto, hasta el llamado “Fin del mundo”, el Cabo de Finisterre.

Ambos volvieron con la mochila mucho más ligera.