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Le encantaba viajar, pero había una ciudad, solo una, que sabía que nunca visitaría. Porque de visita solo se va a los sitios que no son propios. A Madrid solo podría, si acaso, volver.

Como gata, fingía ofenderse si le subrayan una expresión castiza o el acento, aunque en realidad sentía orgullo cuando comprobaba que la ciudad se había colado en su lenguaje.

Cuando caminaba por el Barrio de las Letras, sentía tristeza por los que solo lo recorren una vez o dos en su vida, porque ni en cien es posible conocer todos los matices y encontrar todas las buenas historias.

Como madrileña, nunca reconocía que no conseguía despojarse del todo de la chulería.

Se desvivía cuando daba indicaciones a un turista, por ejemplo sobre cómo llegar de la Puerta del Sol a la plaza Mayor. Se lamentaba (codo en barra, tapa en mano) de no visitar más veces los magníficos museos de la capital.

Comía tarde, cenaba tarde y volvía tarde a casa (a veces también entre semana). Se movía por un barrio u otro según su estado de ánimo o su compañía, porque Madrid puede ser muchas ciudades distintas. Conocía escondites. Guardaba los mejores consejos para las personas especiales, a quienes guiaba a lugares a los que no podrían llegar de otra manera.

Hay una ciudad de la que no podía hablar con palabras objetivas porque sus calles existían también dentro de ella.