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El agua trae consigo la vida. En el caso de Marsella, esta afirmación cobra una nueva dimensión, ya que el agua fue la causante de que la ciudad se convirtiera en lo que es hoy.

El Palacio de Longchamp se construyó para conmemorar la llegada del agua a Marsella. La ocasión bien merecía la majestuosa construcción: culminaban quince años de obras de ingeniería para llevar a la ciudad el agua del río Durance, algo necesario para plantar cara a la sequía y las enfermedades infecciosas.

El Palacio está cuajado de alegorías referentes a la fertilidad y a la vida que recuerdan el motivo de su origen, como su fuente Chateau D´Eau,

El movimiento que el agua había originado continuó extendiéndose. Alrededor del palacio se construyeron edificios de referencia de la vida cultural y científica de Marsella: los museos de Bellas Artes e Historia Natural, el jardín botánico, el zoológico e incluso un observatorio astronómico que hizo que esa influencia del agua trascendiera lo terrestre: desde él se descubrió un grupo de Galaxias, el Quinteto de Stephan.

La ciudad siguió expandiéndose como lo hace en un lago la onda provocada por una gota de agua, hasta el punto que dicho observatorio, que se construyó lejos del centro de Marsella, está ahora en el límite de la urbe.

Pero quizá la relación más clara con el líquido elemento es que la antigua Massalia fue el puerto comercial más importante del Mediterráneo.

Agua y más agua para explicar la ciudad que dio nombre al himno de Francia por casualidad.