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Las iglesias de Oporto se han puesto vestidos blancos y azules, como jóvenes campesinas el día de su boda. Parece, desde lejos, que se han incrustado entre sus arcos y columnas trozos de cielo. Es tan sorprendente a la vista que no han tardado en surgir leyendas sobre su origen, historias que incluyen gigantes y juegos de azar, porque todo lo hermoso lo es más cuando se explica con un cuento.

En la Rúa de Santa Catarina existen dos fachadas enfrentadas que corresponden a una joyería y una librería. Si sobre la primera había un busto masculino, alguien decidió que debía haber uno femenino coronando la segunda para que se miraran entre ellos ajenos al tráfico que bullía bajo sus ojos. Juntos provocan en el espectador la armonía de los relatos bellamente concluidos, de los misterios solventados.

Uno va caminando, oye el traqueteo de un tranvía que se acerca y no puede evitar preguntarse quién irá dentro o quién acaba de bajarse tras la última curva. Uno pasea, escucha un fado y algo le dice: «es un pecado pasar de largo»; y entonces se acerca un poco más a ver si, con suerte, llega a conocer la historia que provocó esas notas desgarradas.

Si se busca el origen del vino de famosa metonimia, el Oporto, se llega a las aguas del Duero, escenario indiscutible de canciones y novelas. Los adoquines que recubren el suelo de la ciudad forman senderos de Alicia, casillas del tablero de un juego personalizado y sin límites.

La única forma de pasar por Oporto es así: rastreando cuentos y sintiendo el alivio de los buenos finales.