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“A alguien se le ha caído un bote de pintura naranja en Valencia”, comenta la cotorra del Mercat al pardal de San Joan. Son las dos veletas más parlanchinas del imaginario valenciano y miran con recelo al murciélago que se ha colado en el escudo de la ciudad sin poder ellas evitarlo.

Parte de esa pintura ha manchado los campos de naranjos, barnizando del brillante color los considerados mejores cítricos del mundo.

Parte ha teñido su famosa luna, grande e inverosímil, imposible de captar con la cámara del móvil como intentan en vano los turistas.

También ha caído tinte naranja en las vetas de algunas de las maderas usadas en la fabricación de muebles, tan maños los valencianos en ese menester; y en el fuego que se comerá parte de esa madera en las siguientes fallas.

Ha impregnado los brocados del vestido de la fallera mayor.

Todo en Valencia, desde la vieja catedral hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias, pasando por el horizonte marino que se ve desde la playa de la Malvarrosa, aparece tamizado por un filtro anaranjado que hace que los elementos brillen y el espectador entorne los ojos. ¿Será por eso que Instagram ha llamado “Valencia” a uno de sus filtros más mágicos?

“Ojalá nadie se ponga a recoger el bote derramado”, responde el pardal antes de virar al este.