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Huí a Venecia porque tenía el pecho vacío. Un viaje de apenas 38 horas que me llenó ese hueco con arte y poesía. Pasear en soledad por las calles estrechas de la laguna, acariciar con la mirada cada centímetro cúbico de este espectáculo de romanticismo, armonía y suntuosidad  y encontrar metáforas en sus puentes y contrastes ha sido una terapia para el alma. En un pequeño rincón de sombra los gondolieri hablan con su acento suave y musical, y la mirada se me pierde en los colores que nacen del reflejo de los palacios que se bañan en el canal.

NICLA CATANO

Barcelona –  Venecia. Seat 19B