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Unos dicen que el rey Luis II de Baviera (1845-1886) comía siempre solo, pero en una mesa preparada para varios comensales. Otros señalan que lo hacía rodeado de estatuas, que le ayudaban a sentirse acompañado. Hay unanimidad, sin embargo, a la hora de señalar que uno de sus platos predilectos, como hijo de la ciudad de Múnich, era el Tafelspitz, también conocido como Tellerfleisch, y que sus cocineros, según parece, tenían orden de prepararlo a diario.

Vaya por delante que el Tafelspitz no es otra cosa que una pieza de carne con frecuencia solomillo cocida con verduras. Al comensal le llega primero la sopa y a continuación la carne fileteada acompañada de la guarnición de verduras y, en ocasiones, de una salsa de rábanos picantes.

Como la tradición manda que los otros dos platos típicos de la ciudad el fiambre Leberkasse y la salchicha Weisswurst se consuman a media mañana, le cabe a este cocido muniqués hacer los honores de las mesas a mediodía.

Como le sucede al resto de los cocidos, resulta difícil rastrear sus orígenes. Para la profesora de estudios culturales Helga Mullneritsch, especialista en el análisis de las recetas y sus condicionantes históricos y culturales, el ancestro de Tellerfleisch o Tafelspitz habría que buscarlo en el buey a la moda francés, según los recetarios austriacos dieciochescos con los que ella ha trabajado.

Porque el Tafelspitz aparece indistintamente en Baviera y Austria; integrantes ambos del Sacro Imperio Romano Germánico liquidado por Napoleón en 1806, que dio paso al Imperio Austro Húngaro. Precisamente uno de sus últimos emperadores, Francisco José I casado con Isabel/Sissi y que estuvo a punto de emparentar con Luis II de Baviera también era un apasionado del plato, aunque no consta que lo comiese a diario.

El escritor que levantó acta del derrumbamiento del Imperio, Joseph Roth, utilizó en su novela La Marcha Radetzky el Tafelspitz para simbolizar esa decadencia. Al principio del libro, el plato reúne de forma festiva en torno suyo a los miembros y allegados de la familia Trotta. Al final de la novela, y consciente de la deriva del Imperio y de su propia familia, el viejo Trotta, con más pena que gloria, come en soledad su Tafelspitz.