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El Sabbath normalmente comienza sobre las siete de la tarde del viernes y termina a una hora parecida del sábado, en realidad tras la aparición de tres estrellas si hemos de ser fieles a las indicaciones contenidas en el Talmud. En ese período de un día, en el que el mundo occidental normalmente concentra una gran vida social, Tel Aviv se encuentra seriamente limitada, aunque no para todos, como veremos más adelante.

El parque Rabin y sus suntuosos estanques flanquean el Ayuntamiento de la ciudad, donde trabajaban en diversas ocupaciones Ben y Myriam. Amigos desde la adolescencia, habían hecho juntos el servicio militar y encontrado trabajo en el sector público. El campo de Ben era el urbanismo y el de Myriam, el medioambiente.

Ambos sabían que Patrick Geddes había sido el arquitecto encargado de diseñar la ciudad a principios del siglo pasado, para lo que había aplicado los principios de la Bauhaus (funcionalidad, materiales asequibles) y otros conceptos para que los habitantes se sintieran parte de la comunidad. El conjunto de casi cuatro mil edificios adscritos a la estética Bauhaus que aún se levantan en Tel Aviv ha recibido el título de Patrimonio de la Humanidad, algo que hacía sentirse a Ben muy orgulloso.

Cantar, bailar y hacer hogueras junto a los acantilados que flanquean Banana Beach es una de las actividades favoritas de los jóvenes cuando el sol comienza a ponerse. El Mediterráneo baña estas arenas doradas, situadas cerca de Jafa, al sur de la ciudad. A escasos minutos de esa playa, cruzando la amplia calle Bograshov, se accede al Bauhaus Center, desde donde operaba el verdadero protagonista de nuestra historia.

Las asfixiantes temperaturas que se alcanzan en el mes de mayo lo hacen el menos indicado para los turistas, pero el más solicitado por los vecinos para hacer cualquier actividad refrescante.  

Por eso, tras una dura semana de trabajo y coincidiendo antes del comienzo del Sabbath, Ben y Myriam se habían propuesto relajarse en Banana Beach. El Sabbath paralizaba en gran parte la ciudad, aunque dependía de los barrios. Ello contrastaba con el espléndido ambiente en Banana Beach, donde numerosos tambores sincronizaban sus latidos mientras la gente se contoneaba al son de ritmos que parecían hibridar el alma del Caribe con las ancestrales culturas mediterráneas.

Numerosas barbacoas impregnaban el aire de un olor dulzón que abría el apetito, y en sus brasas se cocinaban toda clase de viandas, muchas de las cuales no se adscribían en absoluto a la comida kosher. Incluso un grupo de turistas americanos estaba asando costillas de cerdo al estilo Cajún. El misterio es dónde habrían conseguido la materia prima; ¿quizá presurizada en el equipaje facturado en la bodega del avión?

Los dos amigos portaban en una nevera bebidas casi heladas con las que combatir el calor entre baño y baño. Se encontraban instalando una gran sombrilla cuando un revuelo en el extremo sur de la playa pareció extenderse como un reguero de pólvora, acompañado de un griterío confuso.

—¿Qué sucede? Mira esa gente, parece que corren hacia aquí.—dijo Ben a su compañera.

—¡Tiburones! ¡Tiburones!—gritaban unos jóvenes mientras se acercaban al lugar.

—¿Aquí, en el Mediterráneo? —preguntó Ben incrédulo. Entonces Myriam desplegó sus conocimientos.

—En el Mediterráneo hay más de cuarenta especies de escualo, querido. Aunque no se hayan descrito avistamientos en Israel. Y eso incluye al mítico Carcharodon carcharias o Gran Tiburón Blanco, que se cuela por el estrecho de Gibraltar y puede llegar hasta el Mar Negro. ¿Por qué no a Tel Aviv?

—Pues sí que me dejas tranquilo… —añadió inquieto Ben.

—¿Qué habéis visto exactamente? —preguntó Myriam a uno de los aterrorizados surferos.

—Una docena de aletas caudales que cortaban el agua a gran velocidad, como cuchillos.

—¿Una docena? Qué raro. No creo que sean tiburones blancos… Más bien son marrajos Los Isurus oxirrinchus pueden nadar a más de 100 kilómetros por hora, no los adelantas ni con una Zodiac. Además son capaces de saltar dentro de los barcos. Sus hileras de dientes y sus cuatro metros de largo hacen que me den mucho más miedo que los blancos.

—Han actuado coordinadamente, hasta que el último bañista o surfero ha salido del agua despavorido. Se han cebado en una pareja que se estaba besando sobre una colchoneta hinchable.

—¿Que se estaban besando?—rió pícaramente otra surfera—Si hubiéramos tenido un móvil con zoom podríamos haber filmado una película para adultos, de esas que ponen en los canales de pago de los hoteles.

—A lo mejor esos tiburones son muy moralistas…—añadió con sorna el chico.

—Creo que ya he oído suficiente—dijo Ben muy serio— ¿Regresamos al centro de la ciudad? Se me han quitado las ganas de bailar y…

—¿En Sabbath?—le cortó Myriam— Esta playa es mucho más divertida ¡incluso con tiburones!

No muy lejos de allí, rodeado de ordenadores, pantallas y otros dispositivos de última generación, el rabino Slomo Jacobo Kowalski se había construido un pequeño habitáculo desde el que teledirigir los escualos. Cada uno de ellos iba equipado con una cámara, y el rabino podía manejar su velocidad y sus intenciones.

Su objetivo era asustar a los bañistas y hacer respetar las sagradas directrices. No aprobaba que los jóvenes tocaran instrumentos, bebieran alcohol y tuvieran comportamientos indecorosos entre las dunas de la playa. O en una colchoneta. Y mucho menos un viernes por la tarde, cuando ya había comenzado el Sabbath. Y respecto a las barbacoas de cerdo… tenía que contenerse para no blasfemar y pronunciar frases por las que después debería sufrir contrición en el Yom Kippur.

El rabino Kowalski antes de ser rabino había sido ingeniero, militar y agente del Mossad, por lo que su biografía podría haber trufado las páginas de una novela de John Le Carré. Y había participado en un programa secreto para teledirigir delfines cargados de explosivos contra cualquier barco que pudiera suponer una amenaza para Israel.

Sus conocimientos tácticos y técnicos le habían llevado a reunir su pequeña armada de escualos que se pilotaban de manera semejante a los drones, pero que permitían manejarlos como si una sola criatura se tratara. Su escuadrón de temibles Isurus oxyrinchus se componía de doce ejemplares a los que había insertado los correspondientes chips transductores mediante certeros disparos. Doce eran las tribus de Israel, y por eso había bautizado sus tiburones con sus nombres: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Asser, Gad, Isacar, Zabulón, José y Benjamín.

Los Doce Tiburones solo eran convocados durante los atardeceres de los viernes y mantenían su actividad purificadora hasta el término del Sabbath al día siguiente. Durante esas veinticuatro horas el rabino no podía pegar ojo, especialmente cuando Banana Beach se llenaba de público poco piadoso.

Al concluir el Sabbath se dirigía personalmente a las arenas de la playa, incluso remangaba sus ropas y se introducía en el agua hasta que llegaba casi a su cintura, y convocaba a sus hijos con un control remoto impermeable de gran sofisticación. Entonces acudían obedientes a él, y los escualos formaban un semicírculo en torno a su imponente y mesiánica figura.

Pero un día su control remoto se quedó sin baterías…