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El diácono Auguste Mercier llevaba toda su vida ocupándose de cuidar todas y cada una de las veinticuatro grandes campanas que adornan la torre de la basílica de San Sernín. Hablaba con ellas, las acariciaba, incluso a veces tenía pensamientos impuros al tomar entre sus manos los pulidos badajos para bruñirlos y dejarlos relucientes, aunque nadie los pudiera ver, por quedar fuera del alcance de la mirada de los mortales. Sólo él tenía acceso a esa intimidad de sus veinticuatro novias (o novios, según se interpretara la función de los mencionados badajos).

Había nacido y crecido en la basílica, como lo hiciera siglos atrás el famoso protagonista de la novela de Victor Hugo, que había releído decenas de veces. Se sentía identificado con Quasimodo, ese entrañable jorobado que habitaba entre los majestuosos muros y gárgolas de Nôtre Dame, y cuyo corazón quedaba prendado de forma irremediable de la gitana Esmeralda.

San Sernín o San Saturnino, como también era conocido, había sido obispo de la ciudad hacia el año 250 de nuestra era. Fue un valiente misionero romano que predicó en las Galias, con el fatal resultado que contaremos a continuación.

La historia es de una truculencia propia de aquellos tiempos oscuros. Cuando iba a predicar a su pequeña capilla había de atravesar un templo erigido en honor al dios Júpiter, que en la Toulouse de entonces (Tolosa) tenía mucho más predicamento que el cristianismo. Como los habitantes de la ciudad vieran que su dios no les hacía caso en ninguna de sus peticiones, atribuyeron este desdén divino a la presencia del obispo. Por ello lo ataron a un toro y azuzaron al animal para que corriera por la ciudad mientras el cuerpo del malogrado Sernín quedaba totalmente desmembrado e irreconocible.

Unas mujeres se ocuparon de recoger los fragmentos, reunirlos y enterrarlos en una fosa lo más profunda que sus fuerzas les permitieron cavar. Y ese lugar se fue convirtiendo en el lugar de culto de la nueva religión que como todos sabemos, terminó desplazando al paganismo, y Júpiter pasó de moda y quedó en lo que es hoy: el mayor planeta del sistema solar, lo que tampoco está nada mal. Sobre esa fosa, decimos, se levantó la basílica en la que Auguste amaba a sus campanas como un jeque amaría a sus huríes, recluidas en un harén de piedra y hierro.

La sensualidad del joven fraile era desordenada, como corresponde a alguien de su edad, y en sus fantasías se mezclaban campanas con feligreses. Después recordaba el infausto destino de Quasimodo al quedar herido por las garras del amor, y fortalecía sus votos de castidad dedicándose en cuerpo y alma a sus criaturas de metal. El celibato era cosa de hombres y de mujeres, pero nada se decía en las Escrituras ni en ningún otro lugar de las posibles relaciones que pudieran establecerse con objetos inanimados. Aunque sólo pensar en ellas como objetos le sublevaba el ánimo, y se rectificaba a sí mismo mientras enumeraba mentalmente los nombres de todas ellas: Claude, Jean-Pierre, Marie, Adolphe, Vivien, Lucille…

Pero había alguien más en la ciudad que compartía tan esquinada pasión. Nos referimos a fray Etienne, que precisamente vivía en la catedral de Saint Etienne, tan sólo separada de la basílica de San Sernin por el barrio de Capitol, y las dos se erigían en el margen derecho del río Garona. El  campanario románico fortificado de la catedral de Saint Etienne tiene un carillón de diecisiete campanas y cinco más al vuelo.

Los carillones se accionaban mediante un teclado semejante al de un órgano, aunque más tosco. Fray Etienne era el encargado de hacer sonar las melodías cristalinas que alegraban a los vecinos de St.Aubin du Puy y del vecino Carmes, aunque en verdad su sonoridad llegaba a escucharse claramente en la basílica de San Sernín.

Las otras cinco campanas, de tamaño mucho mayor y de más poderoso alcance, eran las clásicas campanas al vuelo, y se accionaban con las correspondientes cuerdas. Para este menester fray Etienne se hacía ayudar por cuatro monaguillos que se colgaban de las mismas para poder accionar los potentes badajos a más de cincuenta metros sobre sus cabezas tonsuradas. Estas enormes cinco piezas de metal con apabullantes badajos eran las favoritas del harén de fray Etienne.

Corría el mes de mayo, que es la época en la que sopla el temido “Viento del Diablo”. Tan poderoso  como para arrancar un tren de las vías y provocar un aparatoso accidente un tren, cosa que sucedió en 1916. Este viento feroz irritaba sobremanera al diácono Auguste Mercier, pues era capaz de hacer tañer a sus veinticuatro novias (o novios) sin su consentimiento. Se asomaba entonces por los tragaluces más altos del campanario y blandía el puño hacia el cielo de forma amenazante. Perjuraba y culpaba a Júpiter de la violencia de los elementos, aunque luego se arrepentía de sus paganos juramentos y hacía penitencia durante varios días.

Cuando sopla el mencionado viento los habitantes de toda la región se vuelven más irritables, los perros no cesan de ladrar y aullar, e incluso el ganado interrumpe su plácido pastar para tornarse inquieto e imprevisible. Es en esas fechas cuando se perpetran los escasos crímenes que engrosan las páginas de sucesos, mientras que el resto del año la policía se entretiene resolviendo conflictos menores o faltas administrativas.

En aquel mes de mayo ventoso e infausto, de manera simultánea, y quizá para contrarrestar el furioso bramido de los elementos, ambos virtuosos de las campanas se abalanzaron sobre sus respectivos teclados, haciendo tañer melodías imposibles que viajaban con el viento y se enredaban con sus violentas ráfagas, para después entrecruzarse para pasmo y sorpresa de los atónitos habitantes de Toulouse. Como si se hubieran sentido atacados por el mismo mal, ambos se encerraron en el cuarto del carillón y bloquearon la puerta con sendos pesados cerrojos.

El duelo entre ambos templos se prolongó durante días, mientras el Viento del Diablo seguía soplando y agotando la paciencia de todos, hasta que finalmente cesó, de manera brusca, y un sol limpio y esperanzador bañó las calles de la ciudad. Con ayuda de la policía fue preciso derribar las puertas de los carillones, lo que mostró a los agentes el cadáver del diácono Auguste Mercier y el de fray Etienne, ambos tendidos sobre sus respectivos teclados.

La autopsia determinó que habían muerto por el agotamiento físico que había supuesto accionar las campanas de manera ininterrumpida durante todos aquellos funestos días.

En la actualidad, y debido a que ningún otro presbítero o sacerdote ha querido volver a tocar los carillones, se ha procedido a su automatización. Ello ha aliviado al obispo de la ciudad, a cuyos oídos había llegado el inusual comportamiento afectivo de sus subordinados con sus dos harenes de metal. Las curvas sinuosas de las campanas y sus poderosos y viriles badajos no han vuelto a despertar las bajas pasiones de nadie.