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Al escribir “Santander” en los principales buscadores no aparece la ciudad escenario de nuestro relato hasta varias entradas más abajo, pues un banco homónimo coloniza los resultados de búsqueda. Esta injusticia se ve reparada parcialmente al introducir “anchoa”, una delicia del mar vinculada fuertemente a esta región, que puede llegar a obsesionar a ciertas personas, como se verá más adelante.

Bien es conocida la calidad de este pequeño y delicioso pez, y cómo satisface los paladares de grandes y chicos, y causa sorpresa y admiración en gentes de otros países que no practican la salazón del boquerón con parte de su sangre, lo que le brinda su característico color tostado. Sí, anchoa y boquerón son la misma especie: Engraulis encrasicholus.

A menudo se comercializan en bandejas mixtas que el fino humor de los encurtidores pronto bautizó como “Matrimonio”, sin especificar el género de cada uno, aunque suponiendo que la anchoa es la chica y el boquerón el mozo.

El profesor Rivilla durante el día era un joven pero reputado catedrático que impartía sus saberes en las aulas de la universidad, pero de noche desarrollaba una personalidad extrema, siempre buscando la quintaesencia de la anchoa, su alter ego. Una peculiaridad cutánea hacía de él un personaje aún más extraordinario, y era la ubicación fluctuante de un gran lunar situado sobre su ceja izquierda durante el día, pero que cuando las sombras nocturnas se cernían sobre Santander, migraba de forma indolora y casi instantánea hacia la parte superior de su ceja derecha.

Por ello eran frecuentes las discusiones en los bares de la calle Perines o de la calle Vargas al respecto.

—Sí, hombre, el del lunar sobre la ceja izquierda.

—¡No, sobre la derecha!

Incluso llegaban a cruzar apuestas al respecto, que en realidad podrían ganar ambos contendientes, si tuvieran la simple precaución de observar al profesor Rivilla a la luz del sol y a la de la luna .

Los instrumentos de su laboratorio nocturno se apilaban en un perfecto desorden ordenado para los ojos de un neófito. Sin embargo, las retortas, alambiques, mecheros Bunsen, matraces Erlenmayer, pipetas y otros artilugios obedecían a una suerte de estructura mayor que las englobaba, que no era otra que el anchoador; un invento aún sin patentar que convertía en anchoa a cualquier otro animal, por grande que fuera.

El profesor Rivilla guardaba un cierto parecido físico con el presidente de Cantabria (con apellido de semejanza notable), lo que le deparaba no pocas bromas en el aula de la Universidad, pues es bien conocida la afición del presidente por las anchoas, y siempre se preguntaba sin éxito por qué la playa de Santander se llamaba El Sardinero cuando el pez emblemático de aquellas aguas era la anchoa.

Un recuerdo recurrente del profesor Rivilla lo atormentaba. Se veía ataviado con un aire que recordaba a los años cuarenta del pasado siglo, y montaba en los caballitos de un tiovivo emplazado en los Jardines de Pereda. Un pantaloncito corto, pero no tanto como para ser moderno, y unos calcetines que trepaban casi hasta sus rodillas, sumados a un rictus metódico y a una corbata y chaleco propios de un médico forense, componían la estampa de un niño que, lejos de parecer feliz montando en los caballitos, era la viva imagen de la contradicción que provoca la madurez precoz.

Su tía Edelmira, la única persona de su familia que le inspiraba interés, vestía aquella tórrida y lejana tarde de verano un aparatoso fular que daba varias vueltas en torno a su cuello. La razón habría que buscarla en un apasionado encuentro amoroso que había dejado huellas indelebles en su delicado cuello de cisne.

Al verle bajar de su caballito una mujer dijo con asombro: “¿Has visto a ese niño?”. Jamás olvidó el timbre de voz de esa persona que estaba junto a su tía Edelmira. Tenía acento extranjero, cuyo origen entonces no supo precisar, pero que con el transcurso del tiempo y la creciente obsesión por aquella escena, llegó a determinar con precisión de cirujano. Con acento de algún lugar ubicado en la estrecha franja situada entre el muro de Adriano y Newcastle, aquella joven dijo sin lugar a dudas: “Ese niño tiene cara de anchoa”.

El parque de Cabárceno, situado algunos kilómetros al norte de Santander, es un zoo donde los animales viven en régimen de semilibertad. Un constructor sin escrúpulos que había medrado durante la burbuja inmobiliaria colonizando el litoral cántabro, corrompiendo ayuntamientos y voluntades había caído en desgracia durante la crisis. Y por ello tuvo que renunciar a su pasatiempo favorito: la caza de animales exóticos en safaris. Su crueldad y falta de sensibilidad, inherente en muchos cazadores, se sumaba en su caso a la impaciencia por abatir piezas. Y por eso decidió en un arranque de locura que le costaría la cárcel echarse el fusil al hombro y comenzar a disparar a los desdichados animales que encontró en el parque.

La noticia saltó a los medios y el profesor Rivilla, precedido de su reputación científica, se personó en el lugar de los hechos y solicitó custodiar los cadáveres de una jirafa, un rinoceronte, un jaguar, un ciervo y una avestruz. Con la ayuda de varios asistentes trasladó los cuerpos a su laboratorio y les pidió que lo dejaran solo.

Entonces aplicó el anchoador a los animales, que vieron primero reducida su envergadura y después su morfología. Podría haberse guardado todo el zoo en un bolsillo, pero su invento tenía como fin último el adquirir nuevos ejemplares para su peculiar colección de anchoas, toda vez que atesoraba todas las variedades conocidas de boquerones y derivados.

Si bien es cierto que el detonante por su afición por las anchoas tuvo lugar aquel remoto día en el tiovivo, no lo es menos que el profesor Rivilla fue capaz de ahorrar importantes sumas de dinero en terapeutas, coachers y otros charlatanes, haciendo de su trauma una pasión sanadora. Para el lector aficionado a los cómics podríamos recordar que Batman eligió el murciélago como símbolo de su poder precisamente por el pavor que los quirópteros le inspiraron en su niñez. Así, el comentario de “Cara de anchoa” le llegó tan dentro que quiso saber todo sobre los Engraulis encrasicholus.

Su colección abarcaba todo tipo de ejemplares, puesto que el anchoador producía un sin fin de variedades desconocidas del preciado pez en salazón, pero todas las noches, antes de conciliar el sueño, le asaltaba la misma pregunta sin respuesta: ¿tenía realmente cara de anchoa? Sólo había una forma de averiguarlo y era someterse él mismo a los efectos del anchoador. Se convertiría así en el ejemplar póstumo de su inigualable colección, y dejaría por escrito la donación de la misma a la ciudad de Santander, para ser expuesta en el Museo Marítimo del Cantábrico.

Allí puede verse hoy, junto al anchoador que, por fortuna, nadie sabe manejar correctamente.