COMPARTIR
63

Las cuatro amigas habían coincidido disfrutando de una beca Erasmus en Praga, y durante una noche de fiesta en el famoso Roxy hicieron la promesa de que viajarían juntas a Jerez. Solo Laura era española. Catherine era francesa, Joanna polaca y Brunhilda, con ese nombre tan wagneriano, era obviamente alemana.

—Adoro los caballos —dijo Catherine con aire soñador.

—Yo, las motos y los moteros tatuados —añadió Brunhilda con un brillo de deseo en la mirada.

—A mí me fascina el flamenco más puro —dijo Joanna.

—Pues lo mío son los vinos —remató Laura. Y fue cuando surgió la idea y el destino ideal —Solo hay una ciudad en el mundo que puede considerarse la intersección de estas cuatro pasiones, y es Jerez de la Frontera.

—¡Pues vámonos a Jerez! —gritaron las cuatro mientras alzaban sus chupitos de Jagermeister y los vaciaban de un trago al mejor estilo Erasmus.

Entonces llegó el momento de los detalles.

—Como los vinos no tienen estacionalidad, hay que buscar la fecha en la que podamos disfrutar de motos, flamenco y caballos entre botella y botella de jerez.

Brunhilda, con la eficacia teutona que se atribuye a su país, hizo unas búsquedas rápidas en el móvil, y sentenció:

—Ya lo tengo, chicas.

Las otras tres amigas la miraron expectantes, ajenas al bullicio del Roxy y del jolgorio etílico que había a su alrededor.

—El Gran Premio de Moto GP es en mayo, una semana antes de la Feria del Caballo, y el Festival de Flamenco de Jerez es en marzo.

—Así que llegaremos a finales de marzo, disfrutaremos del flamenco, beberemos vinos durante todo abril y en mayo les tocará el turno a las motos y a los caballos —calculó Catherine.

—¿No podemos beber jerez también en marzo y mayo? —apuntó Laura.

Todas rompieron a reír y volvieron a apurar otro chupito.

—¡Qué planazo! Eso es un viaje de ensueño. ¿De qué viviremos allí?

Entonces Laura, que era del norte de España y no había estado nunca en Jerez, tomó la palabra.

—Tengo un primo que vive allí. Hace diez años que no lo veo, pero nos llevamos genial. Le puedo decir que nos vaya buscando algo.

—¿Es guapo? —peguntó Joanna.

—¡Eh! ¡Es mi primo! —se defendió Laura.

—Pues por eso…

—La verdad es que no está nada mal —y le dio un codazo a  Brunhilda — y es motero, seguro que nos consigue entradas para el Gran Premio Moto GP.

—¿Cómo se llama?

—Juan, pero todos le llamamos Johnny. Él siempre se presenta como Johnny Blaze.

—¿De qué me suena ese nombre? —se preguntó en voz alta Joanna.

Al cabo de unos días Laura les anunció:

—Mi primo nos ha conseguido trabajo en un bar de la calle Larga, la más importante de Jerez. Dice que van muchos guiris a degustar jerez.

—¡Ideal! — dijo con entusiasmo Catherine, que se chiflaba por el sherry, que en Francia se conoce como xérès.

Las cuatro llegaron a la ciudad durante el mes de marzo y se encontraron en la rotonda del Minotauro, dominada por la espectacular estatua del mismo nombre, junto a la estación de tren. Entonces Laura adoptó un aire misterioso y habló sin levantar la voz.

—Hay una cosa que no os he contado de mi primo, porque sé que sois supersticiosas, y quizá no hubierais venido.

—¿De qué se trata?

—¿Estáis enrollados?

—¿Es gay?

Laura aleteó con la mano para descartar esas opciones.

—Veréis… ya os dije que es motero. Pero lo cierto es que falleció en un accidente hace muchos años.

—¿Qué?

—Sí, pero hizo una especie de pacto con alguna fuerza oscura para permitirle seguir llevando su moto y haciendo favores a la gente.

—¿Estás de coña?

—No, no, mirad… —y mostró en el móvil una noticia de una década atrás. Allí se narraba el extraño accidente en el que un motorista y su moto habían sido literalmente aplastados por un contenedor que había caído de una grúa en el Puerto de Santa María. Sin embargo nunca se encontró el cadáver de Johnny.

—No tengáis miedo. Está muerto, sí, pero es muy buena gente, y tiene un gran sentido del humor.

—¡Y nos ha conseguido el trabajo!

—Pero si está muerto… —aventuró Brunhilda— puede… ya me entiendes. Me ponen los moteros, pero no sé si hasta ese punto.

—¡Oh sí! Johnny es un juerguista, y está en forma, si refieres a eso —sonrió con picardía a su amiga— No tendrás queja de él. Hoy día estar muerto no es tan grave como antes. No le deis mayor importancia.

Se alojaron juntas en un piso de estudiantes próximo a la universidad desde el que podían llegar dando un paseo al bar de la calle Larga. El bar resultó ser un sitio de copas de lo más pintoresco que llevaba el nombre de Ghost Rider.

Disfrutaron de pequeñas excursiones a pueblos cercanos como San Lúcar de Barrameda, Trebujena, Rota, Chipiona o el Puerto de Santa María, para ver el lugar donde Johnny había fallecido. Luego acudieron a su primera gran cita, el Festival de Flamenco de Jerez, donde temblaron de emoción ante los distintos palos del cante jondo, siempre mientras degustaban sus copas de jerez. Para Joanna, que amaba profundamente el flamenco, fue una de las mejores experiencias de su vida.

Desde del siglo XII los ingleses conocían el sherry o vino de Jerez. Pero mucho antes, los patricios romanos apreciaban especialmente los vinos béticos con los que regaban sus bacanales y celebraciones diversas.

Fino, manzanilla, oloroso, amontillado y palocortado son los nombres de los más famosos tipos de vino de Jerez. Proceden de uvas que trajeron los fenicios hace siglos, y que sobrevivieron a las prohibiciones coránicas de cultivar y producir vino durante la dominación  árabe.

Gracias a esas cepas supervivientes las chicas pasaron todo el mes de abril libando, trabajando y disfrutando de la ciudad, con alguna escapada a la cercana Sevilla a tomar manzanilla y conocer la Feria de Abril. Y pronto llegó la fecha del Gran Premio de Moto GP. Johnny les había conseguido entradas de primera, y Brunhilda estaba cada vez más enganchada al simpático motorista fallecido.  

Pronto llegó la última fase de tan fantástico viaje, la Feria del Caballo. Catherine contemplaba extasiada junto a sus amigas cómo los purasangres alazanes hacían sus cabriolas controladas por los expertos jinetes, y por supuesto, después se perdían entre las numerosas y coloridas casetas de la feria a seguir bebiendo los vinos de la tierra.

Llegó el día de la despedida, y Brunhilda, que tenía nombre de walkiria, acarició la mejilla del primo de Laura.

—Pero, entonces, ¿estás muerto, Johnny?

—Nadie es perfecto.

—¡Oh, es una pena! ¡Con lo mono que eres! —suspiró Brunhilda

Johnny se encogió de hombros, la besó con sus labios fríos y le dijo:

—Volveremos a vernos.

—¡Espero que no sea en el infierno!

—Quién sabe…

Y se alejó con su moto por la calle Arcos, en dirección al cementerio municipal.

 

Ilustración: Amaya Arrazola