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Austria es el único país el mundo que tiene forma de sartén. El mango se extiende hacia el Oeste, y se hunde en el corazón de Europa. Tiene frontera con Liechtenstein, Alemania, Italia y Suiza. Se llama Voralberg, que en alemán significa más allá de las montañas. Allí nació y correteó Heidi, en concreto en la región llamada Heidiland. Pero hacia el Este, dejando atrás ciudades como Innsbruck o Salzburgo, la tierra de Mozart, llegamos a la sartén propiamente dicha, donde se fríen las cosas. Y ese lugar es Viena. Muy cerca de Hungría y de Eslovaquia. Y algo muy importante estaba a punto de cocinarse allí.

La exobiología es una ciencia que no tiene, por el momento, ningún objeto de estudio, pues hasta la fecha todavía no se ha logrado identificar ningún organismo vivo (ni tampoco muerto, a no ser que nos lo oculten las autoridades) procedente del exterior de nuestro planeta. Aun así la especialidad puede cursarse en numerosas universidades del mundo, también bajo el nombre de Astrobiología.

Un grupo de investigadores de una de estas facultades, en concreto de una institución privada llamada Vida en el Espacio Profundo (LDS en sus siglas en inglés) que estaba financiada secretamente por algunas de las fortunas más influyentes del mundo, se encontraba en Viena.

Se alojaban en el fastuoso Palacio Coburgo, levantado en 1839 por el arquitecto Karl Schleps, también conocido, por quienes no pueden permitirse sus tarifas, como el Palacio de los Espárragos, debido a las columnas que decoran su fachada principal. Reconvertido después en el hotel más caro de la ciudad, la delegación, que contaba con recursos económicos casi ilimitados, gozaba así de unas instalaciones inmejorables para celebrar su cónclave.

Se encontraban reunidos en su Salón Azul, que apareció en todos los noticiarios porque fue reciente escenario de la firma del tratado nuclear entre Irán y Estados Unidos.

Además, el palacio Coburgo se levanta entre la Coburgbastei y la Sellerstätte y muy cerca del parque en el que se yerguen las famosas estatuas de Johann Strauss y Frank Schubert, entre otros compositores de renombre. Por ello el lugar no podía ser más adecuado.

Serena, una elegante científica de afiladas facciones que parecían talladas en ébano, presidía el conciliábulo y tomó la palabra con marcado acento sudafricano.

—La Cúpula nos ha enviado a Viena porque nuestros astrónomos asociados en diversos puntos del mundo, como el observatorio de Los Roques en las islas Canarias o el Maua Kea en Hawai, confirman que se va a producir una recepción de señal inteligente.

—También en Arecibo, en Kitt Peak y en La Silla en Chile —añadió Robert, su mano derecha.

—Todas los indicios señalan que se va a producir el ansiado contacto que todos llevamos décadas esperando—prosiguió Serena.

—El análisis de espectro de toda la radiación de fondo confirma la predicción —susurró Hans, un taciturno especialista en escuchar y descifrar los sonidos del Cosmos, que había sido parte fundamental del proyecto SETI.

—Sin embargo en esta ciudad no existe ningún radiotelescopio realmente poderoso, ni siquiera un telescopio óptico decente —añadió Beverly, una mujer pelirroja que había descubierto una docena de asteroides potencialmente peligrosos.

—En el Sternwartepark se encuentra el viejo observatorio astronómico de Viena. Ya nos hemos puesto en contacto con nuestro topo dentro de esa institución, y tendremos acceso al telescopio —terció Serena.

—Las coordenadas no dejan lugar a dudas. Sea lo que sea, llegará aquí. O será visible aquí —apuntaló Beverly.

—O audible —señaló tímidamente Hans.

—¡Exacto! —dijo Serena— Esa es una posibilidad muy sólida. ¿Conocéis la corriente musical llamada Escuela de Viena? Por eso tenemos con nosotros a los musicólogos gemelos Ander y Casper.

Ander tomó la palabra, ante la mirada de su idéntico hermano Casper.

—La Escuela de Viena tuvo tres grandes artífices: Arnold Schönberg, Alban Berg y Anton Webern. Dos de ellos se suicidaron.

—Bueno, su música, también llamada dodecafónica o serial, no puede decirse que fuera apta para todas las sensibilidades —replicó su hermano.

—Pues a mí me encanta La noche transfigurada de Schönberg —contestó Ander, mientras el resto de los presentes guardaba silencio, hasta que Callum, un astrofísico escocés muy respetado por sus artículos acerca de la materia oscura, tomó la palabra.

—Pero si tú vinieras de otro mundo y te fijaras en en esta ciudad, al tratar de comunicarte con sus habitantes, ¿recurrirías a ese tal Schönberg o a Strauss?

—Sin duda Strauss es mucho más popular —dijeron al unísono los gemelos.

Un silencio dubitativo se extendió entre los presentes, hasta que Serena volvió a indicar el camino a seguir.

—Nos distribuiremos en varios puntos, ya que no sabemos exactamente en qué se traducirá esa manifestación. A orillas del Danubio se yergue la imponente Millenium Tower, con más de doscientos metros de altura. Es el punto más alto de Viena. Allí destacaremos un equipo, por si el contacto tuviera algún componente visual.

La noche se cernía sobre la ciudad. Los lujosos y acogedores cafés históricos vieneses ya estaban llenos de clientes, y el pulso vital de las calles se aceleraba ajeno al acontecimiento que iba a tener lugar.

Disponían de unos costosos equipos para detectar emisiones del espacio exterior. De pequeño tamaño, para no llamar la atención, y dotados de unos auriculares de precisión, pirateaban las señales de los radiotelescopios situados a cientos de kilómetros de distancia, para utilizarlos sin ser advertidos. Así lograban sumar la potencia de muchos dispositivos, formando una red de escucha que apuntaba directamente al espacio profundo.

—La Cúpula estaba en lo cierto. Viena es el lugar, y esta noche es el momento —musitó Hans.

Beverly se dirigió entonces a Ander y Casper, que parecían algo desubicados.

—Vosotros sois musicólogos y habéis sido invitados porque necesitaremos de vuestros conocimientos. La Cúpula sabe que el contacto no se producirá mediante el lenguaje de las matemáticas ni con ecuaciones supuestamente universales, como E= mc2, porque en el fondo, podrían no ser universales.

—Pero la magia de los números…—comenzó a protestar Igor, un matemático ruso poseedor de la medalla Fields, la máxima distinción que se otorga en esta disciplina.

—Lo sé, Igor —atajó Serena—, el número Pi, la secuencia de Fibonacci… Pero hay un lenguaje más universal que los números, según las predicciones de nuestra Cúpula. Y ese lenguaje es la música.

—En ese caso ha de ser un ritmo ternario. Ya sabes, un, dos, tres, un dos, tres —dijeron a la par los gemelos musicólogos, mientras con la mano derecha dirigían una imaginaria orquesta, y cada “un” coincidía con el vértice inferior del triángulo que dibujaban sus movimientos en el aire.

—¡Claro! ¡Un vals!

La panspermia, teoría que sostiene que la vida en la Tierra es de origen extraterrestre, se vio confirmada cuando escucharon, perfectamente reconocibles, los acordes de El Danubio azul, aunque interpretados por extraños instrumentos que los gemelos no pudieron reconocer.

—¿Quién ha puesto la radio? ¿Eso es Spotify?

—¡No! La señal llega de más allá de nuestro sistema solar.

Stanley Kubrick tenía razón cuando eligió ese vals para acompañar las imágenes de 2001, una odisea del espacio.

No estamos solos.

Hay música en las estrellas.