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El escudo de Valencia es uno de los pocos del mundo que tiene un murciélago. Aparece bien visible, negro y con las alas extendidas se sitúa encima de la corona del Reino, lo que le otorga una preponderancia sin equivalentes en otros países, aunque sí figura en el escudo de Palma de Mallorca e incluso en el de Barcelona hasta 1882.

El porqué de la presencia de este mamífero quiróptero sobre las coronas de estos lugares hay que buscarlo en la Alta Edad Media. Primero fue un dragón, que fue reemplazado en el siglo XVII por motivos poco claros hasta llegar a la forma actual. Los murciélagos estaban ya muy vinculados a todo tipo de leyendas, mucho antes de que Bram Stoker escribiera Drácula. También en Teruel y en otras zonas de la Corona de Aragón podemos encontrarlos en escudos y estandartes, de lo que da buena cuenta la heráldica especializada.  El escudo de Montchauvet, en Francia, muestra dos murciélagos amarillos, y el de la pequeña localidad alemana de Fiefbergen exhibe un misterioso gran murciélago blanco.

Y es curioso que los respectivos escudos de la Inteligencia Rusa (ГРУ, Главное Разведывательное Управление) y del escuadrón de Inteligencia 488 de los Estados Unidos también muestran un murciélago negro que parece extender, como si de una araña se tratara, hilos invisibles para, imaginamos, captar las informaciones relevantes que manejan ambas agencias.

Bob Kane y Bill Finger crearon el personaje de Batman para Detective Comics (DC Comics) en 1939, en una historieta titulada El caso del sindicato químico.

Casualmente, unos años antes, durante la Segunda República ambos hicieron un viaje por Europa que recaló en una España a punto de asomarse a su terrible Guerra Civil. Kane era más artista y Finger más escritor, si es que puede haber gran diferencia entre ambas actividades, y su periplo les llevó a Valencia. Habían oído hablar del Miguelete (Miguelet, para los locales) y querían comprobar que sus doscientos siete escalones realmente conducían al cielo de Valencia.

Bob y Bill, tras subir al Miguelete, habían recorrido la lonja de la seda, el mercado central y la ciudad vieja en busca de inspiración. En la plaza de la Verge se habían admirado con el pórtico del Tribunal de las Aguas, que ese día tenía conciliábulo. Y se habían maravillado de la cantidad de murciélagos que dormían colgados como frutas maduras de los distintos adornos y salientes arquitectónicos.

Después fueron caminando hasta la playa de la Malvarrosa, con el gran apetito y la buena disposición de ánimo que proporciona un ejercicio físico tan estéril como subir doscientos siete escalones y luego bajarlos. Llegaron a la terraza de un recoleto establecimiento que servía arroces y sangría a quienes desearan degustarlos.

La amable valenciana que regentaba el local, al ver que eran unos caballeros extranjeros, quiso refinar su léxico y, tras servirles, les dijo con una frase que creía recordar de alguna radionovela, pero que en realidad brotó de su ignorancia:

—¿Gozan el arroz los señores?—mientras señalaba la paella.

Cabe aquí hacer un inciso para aclarar que en Valencia una paella no es una receta ni un plato típico, sino la característica gran sartén redonda con asas en la que se preparan los arroces. La metonimia se ha universalizado y fuera de aquellas tierras raro es quien distingue una cosa de otra.

Así pues volvamos al agradable restaurante al pie de la playa de la Malvarrosa. Allí tenemos sentados bebiendo sangría y rascando el delicioso socarrat de la paella a quienes unos años después crearían Batman, cuando se presentó la cocinera.

—¿Gozan el arroz los señores?

Gotham?— repitió Bob—It’s a great name, don’t you think, Bill?

La cocinera, que no hablaba una palabra de inglés, pareció satisfecha. “Parece que les ha gustado”, pensó. Su marido, Josep Dalmau, era un genio incomprendido, o al menos eso creía él. Se pasaba las horas muertas trabajando en su taller del carrer de Sant Rafael próximo al restaurante que regentaba su esposa.

—¡Manuela!, ¿has cogido por casualidad un artefacto que parece una paella de mi taller?

—¿Que parece una paella? ¡Pero si es una paella! Ya era hora de que fabricaras algo útil para el negocio. El arroz ha quedado muy bien, no se ha pegado; y esos señores americanos de allí no han dejado ni un grano de socarrat.

—¡¿Qué?! ¡Nooo! ¡No es una paella!

Bob siempre llevaba una libreta y una pluma estilográfica para tomar notas, pero en esta ocasión se llevó los dedos a las sienes y le dijo a Bill:

—Gotham. Batman. Lo tengo, tío. Un millonario sin poderes sobrenaturales, pero con tecnología muy avanzada. Odia los murciélagos y por eso los adopta como símbolo y nombre. Y protege a la ciudad de los malos.

—¿Estás bien, Bob? Creo que has bebido demasiada sangría. Aunque… espera…—también se llevó los dedos a las sienes mientras exclamaba— ¿Oyes eso? Es como… como un zumbido subsónico…

—Sí… y procede de esta sartén que llaman paella, aunque ahora que me fijo mejor…

Y Bill escudriñó con su tenedor, raspando el último resquicio de socarrat, y a la luz del sol ya casi vespertino se hicieron visibles los circuitos que el profesor Dalmau había implementado en su dispositivo.

Como si hubiera intuido ese instante, Josep gesticuló y corrió hacia la mesa de los dos caballeros. Hablaba algo de inglés gracias a la ingente tarea de traducir los manuales de instrucciones de los artilugios que adquiría por correo y que le ayudaban en sus investigaciones y lunáticos desarrollos, por lo que se dirigió a ellos en la lengua de Shakespeare.

—¡No hagan eso! ¡No raspen el fondo!

—¿Por qué? ¿Qué sucede?—preguntó alarmado Bob mientras dejaba caer el tenedor.

—¡Es una paella subsónica!

Y en efecto, una mirada más atenta habría descubierto que la paella, estructura base sobre la que el profesor edificó su invención, estaba surcada de circuitos integrados sensibles a cualquier clase de interacción o vibración.

Un potente zumbido de bajas frecuencias brotó del artefacto y los tres se llevaron las manos a las sienes.

—¿Cuál es el objeto de este invento, profesor?

—Estimular la imaginación. Se trata de potenciar mediante ondas sonoras de muy baja frecuencia las asociaciones de ideas más irracionales para que den lugar a escenarios que nunca habríamos vislumbrado sin sus efectos. ¡Pero ha de hacerse con cuidado!

Bill Finger y Bob Kane regresaron a Nueva York, que fue rebautizada como Gotham en todas las entregas de Batman… Lo hicieron unos días antes de que estallara la Guerra Civil española. Y hoy, tres cuartos de siglo más tarde, millones de espectadores se estremecen con las aventuras de un hombre millonario que emula a los murciélagos, aunque es presa de inseguridades de difícil solución.

El origen de todo tuvo lugar en aquel humilde establecimiento de la playa de la Malvarrosa, gracias a la paella subsónica del profesor Josep Dalmau que, por primera vez había inventado algo útil, o al menos eso pensaron en DC Comics…

 

Illustrator: Amaya Arrazola