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La noche se cernía sobre el barrio de Santa Cruz. Los jazmines trepaban por las paredes encaladas como si fueran jirones de nubes, y su penetrante aroma cautivaba a quien tuviera la fortuna de haberse dejado llevar hasta allí bajo la estrellada bóveda celeste. Solo un perfume podía competir con ellos: el del azahar que exhalaba el Patio de los Naranjos, a escasos metros de la Giralda. En Sevilla, las estrellas se ven más brillantes que en otros lugares, acaso por el duende; ese sentimiento misterioso que impregna las raíces más profundas de la capital hispalense.

La doctora Miranda Scott llevaba años estudiando los sonidos de instrumentos musicales del pasado. Entre sus logros más destacados figuraba el haber logrado registrar, con un aparato de su invención llamado mirandáfono, melodías interpretadas por una viola de gamba de hace casi tres siglos. Sucedió en uno de los salones del palacio de Versalles, donde se supone que fue ejecutada la pieza.

En 1972 el profesor alemán Ernst Senkowski acuñó el término Instrumentelle Transkomunikation (ITC) que indica cualquier tipo de grabación registrada con un aparato procedente de otro plano material o espiritual. Seres incorpóreos, vulgarmente conocidos como fantasmas. O posibilidades más inquietantes. Y era precisamente uno de los alumnos y seguidores más aventajados de Senkowski quien acompañaba a Miranda en sus investigaciones. Su nombre era Brian de Palma, aunque nada tenía que ver con el famoso director de películas como Carrie, que por cierto hablaba del fenómeno paranormal conocido como piroquinesis. Sus padres eran fans de El precio del poder o Los intocables de Elliot Ness, y decidieron bautizar al niño como Brian de Palma.

Brian y Miranda se habían conocido precisamente en Sevilla unos años atrás, grabando psicofonías nocturnas en el cementerio de San Fernando, ubicado a escasos minutos del parque del Alamillo.

Ambos habían decidido por su cuenta y riesgo saltar la tapia que rodea el camposanto amparados por una noche sin luna. Lo hicieron por distintos puntos, y quiso el azar que ambos eligieran la misma hora y la misma fecha para registrar psicofonías y sus visualizaciones.

Se encontraron en algún punto entre la tumba del pintor José Villegas y el monumento funerario de Joselito el Gallo, rematado por una bella escultura en bronce de Benlliure. El cristo de las Mieles se recortaba contra la oscuridad, y una lechuza emprendió un vuelo rasante que hizo que Brian dejara escapar un grito. Y entonces vio a Miranda y se avergonzó de ser tan poco aguerrido.

—¿Quién…? ¿Quién eres tú? —balbuceó— Me has dado un susto de muerte.

—Pues yo creo que te ha asustado la lechuza —dijo ella sonriendo. Y mientras dejaba en el suelo el mirandófono se acercó a él y le tendió la mano— Miranda. Doctora Miranda Scott. Investigo fenómenos paranormales.

Brian era muy tímido, pero también dejó en el suelo su equipo de grabación de psicoimágenes y estrechó la mano de ella.

—Soy Brian de Palma.

—¿En serio? ¡He visto todas tus películas!

—No, no ese Brian de Palma. Yo no soy famoso. En cierta manera también hago películas, pero de otro tipo. Me dedico a grabar imágenes del Más Allá.

Permanecieron unos segundos más de lo previsto estrechando sus manos y mirándose a los ojos con una intensidad que no dejaba lugar a dudas.

El flechazo fue instantáneo y sin mediar más palabras se acercaron el uno al otro hasta que sus labios se rozaron, primero tímidamente y después con urgencia. Se besaron, y comenzaron a arrancarse la ropa, que era escasa debido al clima sevillano y a que la primavera ya se estaba despidiendo y los termómetros mantenían sus lecturas elevadas.

—Espera. Alguien podría vernos. Busquemos un panteón —dijo Miranda con la voz entrecortada por el deseo.

Probaron en varios hasta que dieron con uno que tenía la cerradura abierta. Entraron en su interior e hicieron el amor como dos adolescentes sobre el refrescante mármol, lo que tuvo como resultado que en la espalda desnuda de Miranda quedaran grabados durante varios días el epitafio, el nombre del finado y su fecha de defunción.

Esa noche comenzó un romance tórrido que les llevaría a recorrer todos los camposantos andaluces, y la secuencia siempre era la misma. Primero registraban sonidos e imágenes procedentes de otras dimensiones, y después se entregaban a los juegos más hermosos a la luz de la luna. Ya ni siquiera temían ser descubiertos, o quizá lo deseaban y eso aumentaba su excitación.

Y fue en una de esas incursiones cuando, al regresar al recoleto hotel de la calle de la Sierpe donde solían alojarse y repasar las psicofonías, escucharon una guitarra que parecía tocada por los mismísimos dioses. Nunca un rasgueo tuvo tanto duende, tanta magia y tanto sentimiento. Lo más extraño es que se escuchaba con una claridad prístina, sin interferencias psíquicas ni estática, ni ruidos que pudieran empañar aquella interpretación.

—En todos estos años de investigación nunca había escuchado nada parecido. No son voces al revés, ni en latín, ni lamentos, ni susurros que te ponen el vello de punta. Es el rasgueo de una guitarra. Una guitarra ausente —señaló Brian.

—¿Quién tocó esa guitarra y, sobre todo… cuándo lo hizo? ¿Por qué su sonido ha quedado atrapado en este limbo? —se preguntaba Miranda.

Volvieron al mismo cementerio una y otra vez para grabar las psicofonías, hacer el amor y regresar al hotel expectantes por escuchar cada nueva pieza que aquel misterioso intérprete les regalaba desde otro mundo.

Con el objetivo de averiguar quién tocaba la guitarra con tanta maestría, quisieron poner en práctica el llamado Efecto Droste para obtener psicoimágenes, es decir, representaciones visuales de esa energía que procede del pasado o de otro plano de la realidad. El efecto se basa en los bucles de retroalimentación que pueden captar las cámaras de vídeo.

Conectaron todos los electrodos, hicieron los ajustes necesarios con el mirandáfono y lo sincronizaron con el equipo de Brian, algo que nunca habían hecho antes, pues ambos dispositivos registraban distintas frecuencias. Por primera vez tratarían de obtener una visualización de quién producía ese rasgueo de guitarra.

La imagen primero fue un nudo de estática y bandas horizontales que se fueron aclarando. La música que sonaba en ese momento era inconfundible. En realidad era una melodía conocida en todo el mundo desde que fuera compuesta en el año 1973.

—¿Escuchas? ¡Pero si es…!

—¡Entre dos aguas!

En ese instante la imagen del monitor se aclaró, y pudieron ver perfectamente a Paco de Lucía rasgando su guitarra y punteando esa canción que le hizo inmortal.

—¡Pero si él está enterrado en el cementerio Viejo de Algeciras…! —recordó Miranda.

—Los genios no están en ninguna parte, y en todas a la vez.