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Julio Verne en su Viaje al centro de la Tierra lleva al profesor Lidenbrok desde el volcán Etna (Sneffels) en Islandia, hasta Sicilia y su estruendoso Strómboli. Por desgracia y con frecuencia es Italia escenario de seísmos y vulcanismos varios, pero quien inmortalizó esta región mágica llena de reminiscencias telúricas fue Edward G. Bulwer-Lytton al escribir en 1834 su libro Los últimos días de Pompeya. Después los hallazgos de innumerables momias en Herculano y Scafati dispararon la imaginación de arqueólogos, historiadores o simples aficionados a los hechos extraordinarios.

Bien es sabido que la trufa, tanto la blanca como la negra, constituye un preciado manjar no en sí mismo, pues nadie se zampa un plato de trufas, sino como exquisito condimento que alcanza precios estratosféricos en las subastas para los principales restauradores europeos, que quieren servirlas a sus comensales aderezando las más variopintas viandas y recetas.

Se han llegado a pagar más de trescientos mil dólares por un kilogramo de trufa blanca de Piamonte o Tuber magnatum. Sin embargo ese es un precio casi ridículo, calderilla, si hablamos de lo que puede llegar a costar un solo ejemplar de la trufa volcánica del Vesubio o Tuber sulfurea.

La clave para encontrar estos diamantes se encuentra en el olfato de los animales. En concreto de los cerdos, debidamente adiestrados, lo que no resulta cosa fácil, en especial por la orografía casi inaccesible de la montaña.

Genetic Pigs, Inc. era una compañía que con capital ruso había desarrollado una mutación en los genes de los gorrinos para que detectaran las trufas con mucha antelación. Genéticamente modificados, aquellos cerdos eran capaces de detectar la presencia de trufas volcánicas a cientos de metros de las mismas, suspendidos desde un artilugio especial como se verá más adelante.

Hay que añadir aquí que la variedad napolitana de la Tuber sulfurea sólo crece en las laderas interiores del Vesubio. Y claro, el Vesubio se levanta en la tierra de las pizzas.

Una enorme figura de San Gennaro, el patrón de Nápoles, que despierta pasiones en todos los habitantes de la región, presidía la entrada del establecimiento que Gian Carlo y Rosetta regentaban

en la calle Spaccanapoli, en el barrio antiguo de la ciudad. Su pizzería iba realmente de mal en peor. El sur de Italia no era ajeno a la irrupción de franquicias de comida rápida respaldadas por grandes grupos extranjeros, y los pagos a la Ngrandheta (la mafia local napolitana) hacían imposible que el negocio prosperara, hasta que un día, un adusto caballero inglés entró en su local y les dijo sin mayor preámbulo:

—Nací en Londres y allí no tenemos pizza de trufas.

—¿Cómo dice, señor?—preguntó Gian Carlo asombrado.

—Ni la tendremos jamás, porque hay que prepararla con trufa volcánica del Vesubio recién recolectada, y someterla in situ a un proceso manual de laminación microtómica antes de que pierda sus propiedades organolépticas de este organismo heterótrofo.

Rosetta miró a su marido con la boca abierta y acertó a decir:

—¿Organo… qué?

—¿Quién es usted?— inquirió Gian Carlo.

—Williams. Doctor Theodor Williams, a su servicio. Soy el inventor de la pizza volcánica, pero carezco de lugar donde comercializarla. He estudiado su establecimiento durante semanas, y observo que las cosas no les marchan bien y que la clientela prefiere la pizza prefabricada que venden en la esquina o allí enfrente—y al decir esto se quitó su sombrero con elegancia y señaló un colorido restaurante Pizza Bell Away King, la cadena de franquicias que había fagocitado a casi todos los pizzeros artesanos.

—Es cierto, pero ¿qué hace un inglés en este barrio napolitano… ?

—He patentado una nueva variedad de gorrino genéticamente modificado capaz de detectar la Tuber sulfurea con precisión algorítmica.

—¿Algorítmica?

—Me he asociado con una empresa rusa para inocular ese genoma en cerdos napolitanos de hasta quinta generación, y estamos a punto de obtener las primeras camadas. Esos gorrinos nos harán ricos a todos. Además, viven a cuerpo de rey, escuchan música clásica y no saben lo que es el pienso, pues su menú es digno de las mejores mesas.

—¿Una empresa rusa?

—Sí, ya ven ustedes que a pesar de lo que la prensa internacional pueda decir, ambas potencias mantenemos excelentes lazos comerciales.

—Todo eso suena muy interesante, pero ¿qué quiere de nosotros, señor Williams?

—Doctor Williams—corrigió con educación pero con firmeza, antes de proseguir su explicación—Su amor a la pizza. De todas las pizzerías que he observado en Nápoles es la suya la que destila más pasión por su producto. Y una simpatía natural por el débil. Detesto que las grandes cadenas terminen con negocios tan tradicionales como el suyo. Yo les traeré puntualmente cada mañana trufas volcánicas del Vesubio recién recolectadas, les mostraré en qué consiste mi procedimiento, y ya podrán espolvorear con esa magia procedente de las entrañas de la Tierra sus pizzas.

El método para localizar y recolectar las trufas era muy aparatoso. Enormes grúas semejantes a las empleadas en demolición, dejaban oscilar dentro del cráter del Vesubio jaulas que contenían una decena de gorrinos, que se balanceaban de forma natural, como lo haría la varita de un zahorí, o el péndulo de un buscador de agua o de un chamán. Y funcionaba. Los gorrinos modificados genéticamente lograban imprimir a la jaula un vaivén esclarecedor acerca del emplazamiento exacto de los preciados hongos.

La primera vez que Theodor entregó a Giancarlo y a Rosetta un gran frasco lleno a rebosar de trufas volcánicas les dijo:

—Ponga esto sobre sus pizzas y este negocio florecerá y hará sombra al mismísimo Vesubio. Ustedes recuperarán su clientela y yo mi inversión. ¿Trato hecho?

Rosetta y Gian Carlo, que eran muy supersticiosos como la mayoría de los napolitanos, rogaron a Theodor que los acompañara a visitar con devoción a su patrón, San Genaro, al Duomo, y pedir así la bendición del nuevo acuerdo.

—¿Sabe? Para mí sólo hay otro santo en Nápoles que pueda hacer sombra a San Genaro —le dijo Gian Carlo al doctor.

—¿Quién?

—Diego Armando Maradona.

El rostro del doctor Williams se torció, pues de todos es sabida la animadversión británica hacia el Pelusa y aquella “mano de Dios” que cambió el resultado de un partido que ningún inglés ha olvidado hasta la fecha.

—Haré como que no he oído nada —dijo con flema Theodor Williams—, a nosotros tres nos unen los gorrinos de olfato superdotado, pero podría separarnos el fútbol. Así que no vuelva a mencionar ese nombre.

—¿Cuál? ¿Maradona?

Ilustra: Amaia Arrazola