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El lema oficial de esa bella urbe próxima a Bretaña llamada Nantes es «Favet Neptunus eunti» o lo que es lo mismo “Neptuno favorece a los viajeros”. No puede ser casual.

Julio Verne, el prolífico escritor francés que narraba toda clase de viajes extraordinarios por las tierras más recónditas, apenas salió de Francia. En realidad, casi ni siquiera salió de Nantes, a orillas del Loira. Eso no le impidió «pre-inventar» toda clase de ingenios que la ciencia tardaría en desarrollar, a partir de sus ideas, y fascinar a muchas generaciones con sus relatos de viajes por todo el mundo. Sin embargo y como veremos más adelante, sí que efectuó notables desplazamientos que le permitieron atisbar el futuro, aunque para esos periplos no emplease barcos, ferrocarriles ni ningún otro medio de transporte de la época.

En sus famosas 20.000 leguas de viaje submarino, el carismático capitán Nemo recorría más de 100.000 kilómetros bajo las aguas, si hacemos la conversión entre medidas que haría cualquier lego. Casi la distancia entre la Tierra y la Luna (150.000 kilómetros). A este título podemos añadir Cinco semanas en globo, El capitán Hateras, Viaje al centro de la Tierra o La vuelta al mundo en 80 días. Está claro que al señor Verne le fascinaban los viajes… pero los de otros.

Después de Agatha Christie nadie ha sido traducido a tantos idiomas; es, pues, el escritor francés más universal. El muchacho iba para abogado, como toda la familia, y cuando terminó su primer ciclo de estudios (destacaba sobre todo en Geografía), su padre les regaló un pequeño barco a él y a su hermano para que descendieran el pacífico río Loira. Pero Julio Verne se acobardó en el último momento porque no lo veía muy claro, y el proyecto le daba un poco de aprensión. Desde luego era la antítesis del aventurero. ¿Cómo es posible que el autor de Miguel Strogoff nunca pisara Rusia? Hoy día puede visitarse el museo que lleva su nombre en el número 3 de la rue de l’Hermitage.

Son muchos quienes sostienen la teoría de que Julio Verne nunca viajó mucho más lejos de sus fronteras, como ya hemos referido, pero fue capaz de hacer viajes en el tiempo, hacia el futuro. Y vislumbrar el submarino o el cohete. Y respecto a las criaturas de Viaje al centro de la Tierra, sir Arthur Conan Doyle y su Mundo perdido encontrarían eco en nuestros días con ese Jurassic Park que concibió Michael Crichton. Y llegamos al nudo gordiano de este relato: Crichton.

Muy cerca del castillo de los duques de Bretaña, uno de los monumentos más visitados de la ciudad, se encuentra el barrio donde creció Verne, llamado Île Feydeau. El más famoso de los paisajistas ingleses, Turner, inmortalizado en el biopic homónimo, pintó una de sus más conocidas y geniales acuarelas representando la vitalidad del paisaje urbano en esa zona, las mujeres a la orilla del Loira y las abundantes barcas en las que se llevaba a cabo el comercio. Todo ello con las dos torres de la catedral al fondo, veladas por la niebla, y la aguja de la basílica de San Nicolás. En ese entorno creció el pequeño pero poco audaz Julio. Era el mayor de cinco hermanos, hijo del jurista Pierre Verne y de Sophie Allote, que procedía de una familia de militares. Atmósfera poco propicia para dejar volar la imaginación, o acaso la más propicia, si hemos de ver la ingente obra que brotaría de la pluma de Verne sin apenas salir de su barrio.

¿Y si esos viajes en el tiempo hubieran sido reversibles, de ida y vuelta? Verne viajó al futuro, observó lo que vio y luego lo retrató en sus novelas. Pero también alguien del futuro viajó a Nantes para entrevistarse con Verne y tomar buena nota de sus pareceres e invenciones, para ponerlas en práctica con la ingeniería inversa necesaria que estaba disponible en el siglo XX, pero no en el XIX.

Esta es la teoría que entre otros muchos sostenía el catedrático de física cuántica, el profesor Kropotkin, que compartía nombre con el príncipe anarquista, pero no sus ideas, ya que era más bien conservador. Quería demostrar que en las inmediaciones del hogar donde creció Julio Verne existe un agujero de gusano, una puerta espacio-temporal o una anomalía magnética de proporciones cósmicas que habría permitido una comunicación en tiempo real entre principios del siglo XIX y mediados del XX. El agujero se cerraría con la muerte de Michael Crichton en 2008, que además de prolífico escritor (Sol naciente, Congo, La amenaza de Andrómeda), y director de cine (Coma, Almas de metal) era también científico. Pero se abrirían otros en otros lugares, conectando siempre mentes preclaras de cada época, mentes en las que se equilibran los conocimientos científicos con el espíritu creador de los artistas.

Crichton viajó a Nantes, primero en un avión de líneas regulares, para pasear por el lugar que sus cálculos y los del profesor Kropotkin decían que albergaba el agujero de gusano. Allí disfrutó del clima agradable, la brisa que sopla desde el Loira hacia las calles y el carácter abierto de esas tierras.

Y cuál no fue su sorpresa al constatar que se trataba de las inmediaciones de la casa donde había vivido Julio Verne gran parte de su vida. Los siguientes viajes ya los efectuó mediante un TC3 (transmutador ciclotrónico de tres fases; una de ellas nanosensible). Este dispositivo lo había desarrollado a su vez con la ayuda de un científico que vivirá durante el siglo XXII y que sentará las bases para los viajes en el tiempo y el intercambio de información entre distintas épocas. El agujero conectaba directamente Nantes y Los Ángeles, cerca de la mansión de Crichton, lo que no podía ser una casualidad. Según el profesor Kropotkin, la curvatura del espacio-tiempo no se produce en unas coordenadas cualesquiera, sino que están condicionadas por la proximidad de grandes cerebros disruptores.

El TC3 permitió a Crichton viajar al siglo XIX, conversar con el entusiasta Verne y compartir con él la hiperactividad creadora, pues ambos han sido autores muy prolíficos. El mundo los conoció como grandes narradores que cuestionaron nuestras ideas preconcebidas sobre el mundo que nos rodea, a la par que nos proporcionaban un entretenimiento delicioso. Los dinosaurios de Jurassic Park son los mismos de Viaje al centro de la Tierra, pero vistos a través del prisma de otra época.

El agujero de gusano de Nantes ya no está abierto, pero han aparecido otros, que pueden explorarse gracias a los TC3 y otros ingenios más sofisticados. La comunicación entre distintos tiempos y lugares tiene lugar a través de mentes privilegiadas que pueden desplazarse y regresar, cargadas de ideas, de certezas y de fantasía y eso es lo que hace avanzar a la Humanidad.

Los viajes en el tiempo son posibles, y la existencia de este relato lo prueba ya que si no, ¿cómo iba a conocer quien esto escribe el funcionamiento de los TC3, que no se inventarán hasta el año 2.142?

Illustrator: Amaia Arrazola