COMPARTIR
32

Los asesinatos con plutonio de la antigua KGB ya forman parte del pasado. O de las novelas de John Le Carré, donde aparecen los paraguas con punta envenenada que todavía emplea el Mossad, aunque solo en países lluviosos, pues en Oriente Próximo nadie sabe lo que es un paraguas. O peor aún, sí lo saben, y por ello intuyen que un tipo provisto de uno de estos ingeniosos utensilios no puede abrigar buenas intenciones. Hay otros modos más elegantes de llevar a cabo estas tareas, como veremos.

La Perla de Aquitania, la Bella Durmiente… Sí, sí; todo eso se dice de Burdeos, pero mucha gente solo piensa en el vino cuando se pronuncian esas dos sílabas en francés: “Bordeaux”.

Vino veritas, reza el famoso lema latino que describe cómo se sueltan las lenguas tras la ingestión de este milenario caldo extraído de la uva y de una cierta tecnología (últimamente tecnología punta, lo que le resta carácter al proceso que inventaron los romanos).

He creado el arma perfecta. Una añada imposible, una combinación extraordinaria de factores geográficos y climatológicos… y una neurotoxina indetectable —murmuraba Balthus en su laboratorio mientras observaba un líquido color burdeos (¿qué otro si no?) en un tubo de ensayo.

Al borde de las Landas de Gascuña se extienden cientos de viñedos que alimentan las bodegas de los restaurantes más exclusivos. Bien es sabido que estos viñedos llevan aparejada la denominación “château” (castillo, en francés), aunque no haya castillo alguno alrededor.

Pero el vino de Burdeos más singular tenía un nombre: Eternitas. Ello venía muy a cuento, pues la ingestión de una sola copa de este carísimo y preciado caldo producía de manera inevitable un deceso plácido a las cuarenta y ocho horas, por lo que nadie asociaba el desgraciado óbito con una bebida que contaba con un prestigio casi milenario. Existen 57 denominaciones de origen de estos vinos, pero la número 58, la Eternitas, también era conocida en los círculos como “la definitiva”, y no se trataba de una exageración.

La inspectora Claire Clouchet y el detective François Gallimard componían una extraña pareja profesional, bien conocida en los círculos policiales de Burdeos, tanto por sus incontestables éxitos en el cuerpo como por el no menos incontestable éxito de sus cuerpos.

Esta vez tenían una pista segura, proporcionada por un confidente; un soplón a quien habían tenido que incluir en el programa de testigos protegidos a cambio de inmunidad.

Cruzaron el Pont de Pierre y el barrio de Saint Michel y llegaron al Marché des Capucins. Seguían una pista que no podía ser falsa.

Los sábados y domingos el Mercado de los Capuchinos abría sus puertas a la temprana hora de las 5:30, cuando los primeros rayos del alba ni siquiera han pensado iluminar a nadie. Y esa fue la circunstancia que aprovecharon nuestros investigadores para desenmascarar al profesor Balthus.

Entre los puestos de frutas de abigarrados colores y texturas, repletos de cestas de mimbre mostrando la apetitosa mercancía a los clientes y transeúntes más madrugadores, hallaron, casi sepultado por la exuberancia de sus vecinos, un diminuto espacio dedicado a los vinos de Burdeos.

Para los neófitos diremos que una timba de vino es algo semejante a una de póker, pero sin que intervenga el azar o las apuestas. Más bien se utilizan para dirimir asuntos de negocios especialmente espinosos, y hacerlo al margen de la Ley, cosa que normalmente les reportaba pingües beneficios.

El esquema era sencillo, pero no por ello menos arriesgado. En una tierra de caldos míticos como la que nos ocupa, los sumilleres o maestros vinícolas tenían un poder inusitado, y cada uno creaba su propia red clientelar capaz de resolverle ulteriores problemas, que podían producirse… o no.

Los sumilleres eran siempre recibidos con honores, acompañados de breves pero vistosos séquitos cuya misión era arropar en todo momento a sus maestros. Actuaban como senescales o mayordomos especializados, y todos aspiraban a ocupar alguna vez el puesto de su Amo, por lo que las rencillas e intrigas eran frecuentes en los preámbulos de las timbas.

Antes que nuestra pareja de detectives, todos los sumilleres y sus acompañantes habían entrado por la diminuta portezuela del puesto de vinos del mercado de los Capuchinos, habían descendido por una angosta escalerilla que daba a un pasillo iluminado con sobriedad carcelaria y, tras franquear una última puerta reforzada con travesaños de roble, habían aflorado a una amplísima sala en la que parecía reinar la atmósfera de otras épocas. Una banda de jazz tocaba en un escenario circular situado en el centro de la estancia, y alrededor de los músicos se esparcía una docena de mesas redondas donde los sumilleres y sus asistentes iban catando los caldos que anunciaba un maestro de ceremonias cada cierto tiempo, interrumpiendo las notas sincopadas de la banda.

François, creo que esta vez los tenemos dijo ella cuando franquearon la portezuela y hallaron el primer pasillo, apenas quince minutos después de la comitiva principal.

Claire, lo que tenemos es una extraordinaria oportunidad de hacer algo realmente excitante… dijo François mientras la besaba con una lujuria impropia del lugar y de las circunstancias.

¡Vamos, no hay tiempo para eso hoy! espetó ella mientras se zafaba, pero al ver la decepción en el rostro del apuesto detective matizóEl secreto de este lugar ya lo tenemos, ahora solo nos falta buscar la ocasión propicia…

Cuando llegaron a la gran estancia donde se concentraba lo flor y nata de la alta sociedad vinícola de Burdeos, todas las conversaciones cesaron y el hombre tras cuyas huellas llevaban años se dirigió a ellos.

Les estábamos esperando dijo Balthus con gran ceremonia, mientras intercambiaba miradas de complicidad con los principales sumilleres que habían acudido esa noche a la timbaPor favor, permítanme agasajarles con un caldo extraordinario. Pertenece a la denominación de origen 58…

Pero si solo hay 57 replicó Claire con suspicacia.

Eso es lo que creen ahí fuera, pero están ustedes en la cripta del vino. Aquí todo es posible.

Hizo un gesto rápido y los senescales se apresuraron a descorchar con profesionalidad y pulcritud una botella cubierta de polvo que limpiaron ante los ojos de los inesperados visitantes para escanciar después su contenido en dos copas.

Dejemos que respire unos minutos, será suficiente… Y después, por favor, y antes de entregarnos a los menesteres menos agradables que les han traído aquí, díganme su opinión de expertos.

Claire y François intercambiaron una mirada que podría traducirse como un “¿por qué no?”, entrechocaron sus copas mirándose a los ojos y degustaron su contenido.

Excelente… paladeó FrançoisPero ahora cumpliremos con nuestro deber. Queda usted detenido.

Yo le leeré sus derechos remató Claire.

El efecto del Eternitas tuvo lugar dos días tras su ingesta, tal y como había sido diseñado por Balthus. Las autopsias de los dos detectives no revelaron intoxicación alguna y ningún forense fue capaz de determinar la causa exacta de la muerte.

Balthus y los sumilleres fueron absueltos por falta de pruebas.