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Cagliostro fue un alquimista que nació en Palermo siglos atrás, bajo la atenta y rocosa mirada del Monte Pellegrino. No confundir fonéticamente o pronunciar mal, pues su nombre se asemeja quizá demasiado al calostro, un líquido que segregan las glándulas mamarias de las hembras de los mamíferos y que, como podrá suponerse, nada tiene que ver con el desarrollo de este relato.

Hecha esta puntualización fonética y fisiológica volvamos a Palermo. Siglos antes de que Corleone saltara a la fama por tres películas prodigiosas, la isla era un lugar tranquilo y de gran actividad cultural, que había albergado a artistas como Giuseppe Tomaso di Lampedusa y su inmortal novela Il Gatopardo.

Pero seríamos injustos si no señaláramos que también la ópera es una gran protagonista de la isla, lo que nos lleva al teatro Massimo, que es el más grande de toda Italia, más incluso que La Scala de Milán.

La imagen de Sofía Coppola cayendo muerta en brazos de Al Pacino en la emocionante escena final de la tercera parte de El Padrino ha quedado en la retina colectiva como una escena indisoluble del lugar en que se rodó: las escaleras centrales de la entrada del teatro Massimo.

Cagliostro fue uno de los más importantes maestros masones, y recorrió las cortes europeas durante el siglo XVIII administrando remedios milagrosos y buscando la Piedra Filosofal, caminando siempre por el filo de lo que entonces podía considerarse herejía o incluso algo peor.

Sus grandes inclinaciones eran la alquimia, la cábala y la magia negra. Por cierto, Orson Welles lo interpretó en 1959 en una película que precisamente se titulaba Black Magic. Y Christopher Walken en una mucho más moderna El misterio del collar, de 2001. Cagliostro sigue, pues, vivo en ficciones y relatos.

Pues bien, este personaje notable y contradictorio nació en el barrio próximo a la llamada Vía de la Libertà. Esta calle pronto contó con un gran número de villas de estilo Art Nouveau. Muchos de estos edificios fueron construidos por el famoso arquitecto Ernesto Basile, que casualmente es también el arquitecto que levantó el teatro Massimo, situado entre Borgo Vecchio y Monte di Pietà.

A diferencia de otros alquimistas de biografía más discreta y quizá actividades más oscuras, como Hermes Trismegisto, George Ripley o Nicolás Flamel, Cagliostro gustaba de la buena vida. Tanto es así que se cree que su propia esposa le denunció a la Inquisición, probablemente harta de infidelidades y excesos.

Nos tomaremos una licencia histórica, pues es este un relato de ficción, para afirmar que pocos saben que intentó instaurar un nuevo rito iniciático diseñado a la medida de sus apetitos, que ni era de Rosacruz ni de la logia masónica a la que pertenecía.

No pocas sectas, cultos, movimientos religiosos ocultistas, tienen un fondo marcadamente sexual. El resultado de diversos de estos episodios fue una pequeña legión de hijos ilegítimos, de ambos sexos, a quienes en secreto y durante décadas trató de instruir e iniciar en los misterios de la masonería que, como es bien sabido, no discrimina a las mujeres.

Nuestro alquimista estuvo preso en la cárcel más famosa de la época, la Bastilla de París, durante nueve largos meses, acusado de un turbio asunto relacionado con un collar. Allí trabó amistad con otros reclusos que conocían la fama del mago, curandero, sabio o charlatán, según las distintas opiniones de la época. Palermo quedaba muy lejos, y no existía Vueling para conectar Boccadifalco, la base militar aérea convertida en el aeropuerto civil de Palermo en 2005, con el resto de de ciudades que nuestro ilustre palermitano recorrió, tales como San Petersburgo, Roma, París o Londres.

De manera secreta y clandestina los descendientes de Cagliostro habían sido todos miembros de diversas logias masónicas a lo largo de estos siglos, y tenían siempre como cuartel general el propio teatro Massino. No corrían riesgos enviándose mensajes o recados para concertar sus conciliábulos. Simplemente cada primera representación de la temporada con la ópera Il Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo les indicaba la fecha.

En este bella ópera hay tres protagonistas: Canio el payaso, su infiel esposa Nedda y Silvio, su amante. Pero en la vida real los tres mantenían un apasionado triángulo amoroso.

La consigna es que cuando terminase la famosa aria Recita!…Vesti la giubba y cayera el telón al final del primer acto, mientras se desarrolla el intermedio, todos los descendientes ilegítimos de Cagliostro habían de reunirse en una sala del teatro que permanecía cerrada al público, pero de la que el Gran Maestre poseía una llave.

—¿Estamos todos? —preguntó con voz atronadora.

Dado que hacía más de doscientos años de la muerte de Cagliostro, la descendencia era numerosa. Más de una veintena de hombres y otras tantas mujeres lucían en sus solapas la insignia de la masonería, que contiene un compás y elementos vinculados a la construcción, pues este fue el origen inicial del hermético grupo. Pero incluía un elemento distintivo que indicaba que practicaban el rito egipcio de la francmasonería, instaurado por el propio Cagliostro en el siglo XVIII.

—Faltan dos —señaló un adlátere.

—Me temo que esta vez no podrán asistir. Son los cantantes que encarnan a Nedda y Silvio —apuntó un preboste.

—Esto no había sucedido nunca. Nadie bajo ninguna circunstancia puede faltar a esta cita. Me temo lo peor —dijo el Gran Maestre contrariado—. Que alguien registre sus camerinos mientras ellos están en escena. Tenemos tiempo, aún queda el segundo acto de la ópera.

Cuando regresaron los dos enviados llevaban sendos volúmenes encuadernados en piel oscura y adornados con caracteres árabes.

—En efecto, han vuelto a las andadas de Cagliostro, que tanto daño hicieron a nuestra Orden. Hemos hallado estos libros de magia negra, que se creía que nunca existieron. Son dos copias del Necronomicón, escrito por el árabe loco Abdul Alhazred.

—Eso prueba que han abandonado la Luz, y que su actividad lírica solo es una tapadera — dijo el Gran Maestre con voz grave y circunspecta—. Cambiad los puñales de atrezzo de la escena final por unos de acero real bien afilados. El público tardará en darse cuenta de que la sangre que brote de sus corazones es real.

Fueron sus últimas palabras, pues aquella noche la ovación al caer el telón fue tan ensordecedora que nadie escuchó seis disparos secos. En la confusión que sucedió a la escena final, Canio comprendió lo que había sucedido, abandonó precipitadamente el escenario y se dirigió a la sala secreta que Silvio y Nedda le habían mostrado alguna vez, y en la que se habían entregado a placeres que no podemos detallar aquí.

Le cegó el dolor por la pérdida de sus dos amantes en la vida real, y vació el tambor de su revólver sin vacilar, viendo cómo el Gran Maestre caía fulminado. Después huyó.

Los tres crímenes fueron atribuidos a ajuste de cuentas, y nadie los relacionó con los herederos de Cagliostro.

Illustration: Amaya Arrazola