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Envuelta por el olor a salitre y aclamada por los graznidos de las gaviotas se erige luminosa y blanquecina a pocos metros del mar. Su título oficial es una retahíla demasiado rimbombante para una obra que nunca se terminó: Santa Iglesia Catedral Basílica de la Encarnación. Pese a su vocación renacentista, es heredera de la fiebre desatada en la Edad Media por construir grandiosos templos levantados por la gloria de Dios.

Para la consecución de una empresa tan larga y compleja la financiación se planificaba con la misma relevancia que los planos del edificio, pero para una obra que en ocasiones duraba dos siglos —como fue el caso de Málaga— siempre resultaba insuficiente.

Con el fin de la Edad Media, dominada por el teocentrismo, el Renacimiento y su antropocentrismo descincharon una fe ciega,  y ya no se encontraban tantos devotos dispuestos a rascarse el bolsillo para sufragar estas fastuosas construcciones, mientras el pueblo pasaba calamidades. Además, la mano de obra dejó de ser gratuita y se comenzó a regular sus salarios.

Foto: Manuel Montaño

Estos problemas financieros afectaron a muchas catedrales europeas como la de Málaga, que se comenzó a construir en 1528 y se terminó en 1782. Después de muchas interrupciones y pasar por las manos de los mejores arquitectos de cada época, se decidió fijar el fin de las obras de manera inconclusa. Uno de los detalles más visibles fue que se dejó sin acabar la torre sur que debía alcanzar los 87 metros de su torre gemela. Esta informalidad arquitectónica hizo que fuese bautizada por los malagueños como la manquita. La razón de este desaguisado radicó en una partida de dinero aprobada para finalizar la catedral que finalmente se destinó a ayudar a los EEUU en su guerra de independencia, dentro de la estrategia española de debilitar el imperio británico. Este hecho está acreditado en una placa instalada en uno de los patios de la catedral, en la que se agradece la generosidad del pueblo de Málaga. Recientes investigaciones afirman   que, en realidad, ese presupuesto se desvió para acondicionar el camino a Antequera.

Otras historias populares sobre la catedral nunca  se podrán demostrar, alojándose en el territorio de las leyendas. Es lo que sucede con el atípico cuadro ovalado que está colgado en una nave interior de la catedral y que el mito popular asegura que se pintó sobre la piel de un elefante. Otra leyenda, recogida por el historiador José Manuel Frías, habla de la experiencia UFO que vivió un coro procedente de Sevilla que ensayaba para la apertura de la catedral a finales del siglo XVIII. El entorno del edificio se llenó de pequeñas luces erráticas que los testigos atribuyeron a una señal divina.

La catedral de Málaga es una amalgama de estilos arquitectónicos, fenómeno habitual en este país fabricado por permanentes sedimentos culturales. Pese a las primeras trazas góticas, el proyecto derivó en un claro planteamiento renacentista, al que posteriormente  se añadió el estilo barroco en sus fachadas. Además, no se puede olvidar que esta seo experimentó la misma metamorfosis que envolvió a la mayoría de los templos religiosos de Al Andalus al transformarse en lugares de culto del credo vencedor. La catedral de Málaga se levantó sobre el solar de la mezquita de Aljama, que fue canonizada en presencia de los Reyes Católicos y en la que se celebraron ritos cristianos durante 40 años, permaneciendo intacta hasta el inicio de las obras. De ese pasado sólo quedan algunos arcos y el patio de los naranjos cuya belleza única fue descrita en 1360 por el gran viajero Ibn Batuta.

Foto: Manuel Montaño

A lo largo de la historia ha sufrido muchos desperfectos procedentes del proyecto inacabado y su incorrecto mantenimiento fruto de su endémica falta de financiación. En el año 1946, la cúpula de la torre norte estaba en tan mal estado que sufría graves filtraciones de agua. La empresa encargada de acometer las obras de reparación no encontró a ningún trabajador en la ciudad que se atreviese a ejecutarlas por su alta peligrosidad. Tuvo que ser un campeón de boxeo retirado, Gabriel Marcelino Pozo, el que se atrevió, arriesgando la vida, a descolgarse a la balconada sujeto por una sola cuerda. La osadía de este valiente salvó a la torre de terminar desmochada como su incompleta hermana.

El año pasado se aprobó un plan firmado por el Obispado, la Junta de Andalucía y la Diputación para concluir de manera definitiva la catedral, abierta a un mecenazgo de 7 millones de euros.  La intención no es sólo finiquitar la torre manca, sino  terminar las bóvedas, las balaustradas y restaurar los bajorrelieves dañados. La culminación de las obras consolidaría a este monumento como una joya imprescindible del renacimiento andaluz. Con total seguridad, la catedral de Málaga no perderá su cariñoso apodo, que servirá para recordarnos la imperfección de los sueños de los hombres cuando se ponen en práctica.