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Cada región del mundo posee un alma diferente que se articula a través de los elementos de sus calles: las baldosas de las aceras, el enrejado de las ventanas, el metal de las farolas, la tipografía de los escaparates… Pero hay aspectos que, por sí mismos, atesoran todo el misterio de un lugar. En la Europa septentrional ocurre con el ladrillo rojo. Palacios, catedrales, edificios públicos levantados con un material que, solo con verlo en una fotografía, nos lleva a viajar emocionalmente a Alemania, Polonia o Dinamarca. Se trata del gótico báltico, un estilo arquitectónico que ha pasado a ser un rasgo de identidad de la zona, que representa como nada la diversidad de almas de nuestro continente y que nació como resultado de una carencia.

Si fuéramos unos exploradores y ascendiéramos hacia Europa desde España, uno de los primeros ejemplos con que nos toparíamos sería el Altes Rathaus de Hannover, es decir, el viejo ayuntamiento. «Los expertos dicen que es el edificio más al sur con este estilo arquitectónico, junto a la iglesia del mercado», explica Fabian Boehmer desde la municipalidad de la ciudad. Constituye una de las muestras más bellas de este tipo de construcciones. Posee una fachada imponente en forma triangular, erizada, con decenas de pequeñas agujas aguijoneando el cielo.  

El Altes Rathaus se empezó a levantar en 1410. Fue el primer consistorio de la ciudad. «Durante el tiempo en que se construyó, Hannover comenzaba a ser parte de la Liga Hanseática y poseía un poderoso gremio de comercio. El uso del estilo de ladrillo gótico alemán del norte podría haber sido elegido para mostrar nuestra conexión con las ciudades más grandes y más conocidas de la Liga», cuenta Boehmer.

El gótico báltico nació de una debilidad. «Solo era común en el norte de Europa y la zona del mar Báltico porque no había muchos yacimientos de piedra natural». Estos yacimientos, en cambio, eran abundantes en el resto del continente. Para compensar, se utilizó este tipo de ladrillo. Se había empleado previamente en el románico y se extendió incluso hasta el Renacimiento. Poco a poco fue componiendo la personalidad de Alemania. Hay ejemplos repartidos por todo el país: el ayuntamiento de Bremen, la iglesia de Santa María de Lübeck o la Puerta de Holsten.

La vieja casa de Hannover aloja en sus muros un símbolo histórico de la ciudad. Como cuenta Boehmer, se trata de un adorno de arcilla que corona una de las entradas: una representación simbólica de un tradicional juego llamado Luderzienhen o Strebkatzenziehen.

Dos personajes aparecen tirando de una cuerda, cada uno por un cabo. «Pudo representar las luchas que ocurrieron en la Corte y, al mismo tiempo, podría haber servido como una advertencia a la gente que entraba en la Corte ya que a menudo se ponían en ridículo o perdían dinero. Esto se escenifica con una de las figuras con la falda levantada a la que su esposo intenta bajársela», describe Boehmer.

El edificio dejó de ubicar la sede del gobierno municipal en 1863, pero no murió, aunque sí agonizó durante un tiempo y se deterioró. Con el tiempo, se restauró con la idea de recuperar su magia original. Su interior se ha ido renovando: se instaló una decoración moderna y se abrieron varios restaurantes, un banco y una cafetería. El edificio vive en dos tiempos históricos. Hay monumentos que perduran y otros que desaparecen; la línea que separa un destino de otro es imposible de calcular. A veces, el motivo es un color, una textura que sabe impregnarse a la perfección del alma de una ciudad: es el caso del gótico báltico y de este viejo ayuntamiento.