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Si estás en Ibiza, has de acercarte a la Casa Broner. Aunque no te interese especialmente el diseño. Es lo que recomiendan los que ya la han visitado. La definen como una metáfora del cariño de los grandes arquitectos hacia la isla. Como poesía en medio de un barrio degradado. Como un trozo del pasado que supo descifrar el futuro. En fin: la alaban desde prismas diferentes. Y, total, no cuesta tanto llegar: está a unos pasos del centro de la ciudad, en un lateral del puerto. “Solo por las vistas merece la pena”, apunta Xescu Prats, periodista y fundador de la página Ibiza 5 Sentidos.

Pongámonos en situación: este lugar tan laureado es lo que sirvió de residencia para el alemán Erwin Broner (1898-1971). Este arquitecto, pintor y ceramista recaló en la isla en 1934, expulsado a raíz de la proclamación del nazismo en su país natal dada su identidad judía. En 1944 consiguió la nacionalidad estadounidense y se mudó allí. Una década más tarde volvió, compatibilizando trabajos internacionales con su vida en Ibiza, este pedazo de tierra de 571 kilómetros cuadrados y 132.000 habitantes en la actualidad.

La construyó en 1960 bajo la influencia de Le Corbusier y de la Escuela Bauhaus. Es decir, que aplicó en ella las corrientes que abogaban por lo artesanal, por el cuidado de cada elemento, por la ausencia de ornamentos superfluos, por el rendimiento máximo del espacio con lo mínimo. Cuando murió (y fue enterrado en la parte laica del cementerio de la ciudad), su mujer Gisela adquirió el inmueble y se puso en contacto con la Administración para dejarla como legado. Así consiguieron mantenerla, crear un museo con la colección de Broner y que en el año 2001 fuera declarada Bien de Interés Cultural.

¿Por qué ese honor? Contesta Elena Ruiz, directora del Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza desde hace 26 años, amiga de la familia y testigo privilegiada de su devenir: “Porque es única”. Antes, explica, es importante conocer la historia. “Hay que empezar por la voluntad a la hora de hacer la casa. Lo que Broner tenía muy claro era meterse en una zona popular”. La casa está situada en Sa Penya, un emplazamiento en el alto de un acantilado tradicionalmente ocupado por comerciantes y pescadores.

“La gente importante se iba a Dalt Vila a construir. Él quiso que fuera aquí”, resalta. En aquel momento, dice, era un barrio sencillo. Luego —menudeo, robos, inseguridad— fue degradándose lentamente hasta que, el año pasado, se optó por derribar algunas viviendas y realojar. “La ubicación es un detalle que subraya su personalidad, muy política”, comenta Ruiz, “y las ganas de estar al lado del mar”.

El oleaje y los cantos rodados de la playa expanden el rumor del Mediterráneo por las estancias. “También se escucha el batir de las cañas”, ilustra con alegría la responsable, cerrando esta imagen tan idílica con la valoración ya mencionada: “Es poesía dentro del suburbio”. Gisela Bruner se quedó sola y sufrió algún asalto que le hizo ir cerrando la casa antes de fallecer en 2005, relata Ruiz. Por eso idearon un programa para su cesión y para abrirla al público sin que fuera “algo kitsch”. “Restauramos el mobiliario, montamos el Archivo Broner con muchos de sus enseres y la añadimos a los departamentos del Museo de Arte Contemporáneo, con su mismo horario”, detalla.

Ahora, tanto ella como el periodista Xescu Prats señalan que la clave es ver cómo ha ido redefiniéndose con el paso del tiempo. “Fue la vanguardia; importó el racionalismo europeo de principios y mitad de siglo y lo mezcló con las estructuras payesas de la isla. Hay un equilibrio entre el medio natural y la habitación humana”, concede Ruiz. “Llama mucho la atención el tejado, pensado para dividirse en varias secciones: solárium, tendedero… Todo un ejemplo que cómo aprovechar el espacio”, añade Prats.

La entrada es gratuita. El paseo hasta allí, un suspiro. No hay nada en contra para acercarse a ver este chalet en el acantilado y sí muchos comentarios a favor. En los foros se habla hasta de las persianas, la chimenea, las vigas rústicas o esa manera de jugar con la geometría más básica (rectángulos, cuadrados, triángulos) para que nada rechine ni se convierta en adorno estéril. Y si nada de esto te convence, sólo por la panorámica ya sale rentable.

Gentileza MACE. Ajuntament d´Eivissa. Foto Portada Lourdes Grivé