COMPARTIR
18

A principios del siglo XX, Barcelona era una ciudad recién ampliada y caótica. Las nuevas calles solo estaban pavimentadas parcialmente, en función de los recursos y del gusto de cada vecino, que asfaltaba un tramo de dos metros y medio. La ciudad sin murallas y ampliada que había ideado el ingeniero Ildefons Cerdà, pionero del urbanismo moderno, no era entonces lo que sus habitantes querían mostrar al mundo. Especialmente en los días de lluvia. En otros lugares de Cataluña, la Ciudad Condal, a menudo embarrada, se convirtió en objetivo del escarnio.

La piedra de Montjuïc ya no era suficiente para una gran ciudad. Su coste no era asumible para una extensión que multiplicó por diez el casco histórico. Su resistencia no podía soportar el tráfico del Eixample, que no dejaba de crecer. La solución estaba en el cemento hidráulico, pero no fue inmediata. La implantación de la loseta gris, el panot (loseta) que hoy es un símbolo de la ciudad, tuvo que esperar. Mientras tanto, llovió y proliferaron las burlas.

 

A aquella Barcelona la llamaban Can Fanga porque, cada vez que llovía, sus calles se llenaban de barro. Fueron las publicaciones satíricas como L’Esquella de la Torratxa las que difundieron estas burlas a través de sus viñetas. «Incluso ahora, gente de fuera de Barcelona, nos sigue llamando los de Can Fanga. Queríamos enseñar la nueva Barcelona, y este barro que llenaba las calles, porque no estaban bien pavimentadas, desmerecía mucho el aspecto de gran ciudad», explica Danae Esparza, investigadora y profesora en la escuela de diseño e ingeniería ELISAVA. Esparza recuerda algunas de esas viñetas entre risas: «Los días de lluvia, como hace pendiente, las calles se convertían en ríos de barro. En las caricaturas aparecen turistas que vienen con zancos, porque hay tanto barro que necesitan andar con ellos. Hay incluso ranas saltando. Esas viñetas son espectaculares».

Danae Esparza estaba acostumbrada a los objetos que podía agarrar con sus manos, hasta que se interesó por el espacio público urbano. Después de estudiar diseño de productos, quiso aproximarse a una escala intermedia entre lo que tocaba y lo que no podía abarcar con las manos, y encontró en el suelo su objeto de estudio. «La repetición del pavimento nos ayuda a comprender y configurar de alguna manera el espacio público», cuenta Esparza a Ling.

Su interés por el adoquinado la llevó a investigar durante cuatro años el suelo de Barcelona. Centró su tesis doctoral en los panots y de aquella investigación escribió el libro Barcelona a ras de suelo, una invitación a conocer su ciudad de una forma diferente: prestando atención a lo que a menudo pasa desapercibido porque lo pisamos. Durante su investigación descubrió que la historia que nos habían contado sobre los peculiares adoquines de la Ciudad Condal estaba repleta de inexactitudes. Supo, también, que Barcelona fue la primera urbe que incorporó la calçada típica de Lisboa, mucho antes que antes que París.

Todo ello se había perdido en la historia porque su principal impulsora fue la picaresca, con sus trampas y sus silencios. Así lo explica esta investigadora: «Cuando Lisboa exporta sus pavimentos, lo hace a través de la Cámara Municipal, la Administración, enviando a sus artistas calceteiros». Aunque estos artistas no llegaron a Barcelona, un industrial decidió sacarle provecho. «Nadie tenía la propiedad de este sistema de pavimentación. Lo registró en la oficina de patentes de Madrid e intentó comercializarlo en otras ciudades. Pero no informó al país de origen. En Barcelona se constituyeron unas de estas primeras pavimentaciones sin que lo supiera Portugal», aclara.

La flor de Barcelona

Desde 1906 se utiliza una loseta que representa una flor de cuatro pétalos, la del almendro. De los cinco modelos de panot más habituales a principios de siglo XX, es la única que ha logrado ganar una fama especial con el tiempo y convertirse en un símbolo de la ciudad. Hoy esa flor decora recuerdos de todo tipo. «Hay chocolates, hay pan, hay bolsos, postales. Incluso durante un tiempo hubo una tienda que se llamaba Panot, que solo vendía objetos que tuvieran esta imagen. Además de la propia baldosa de cemento hidráulico», recuerda Esparza.

El panot de flor es tan querido en Barcelona que provocó cierto revuelo entre sus admiradores en los años 90: «Cuando se decide, por criterios de mantenimiento, reducir su utilización, la gente se queja: no pueden hacer desaparecer la flor». Uno de los argumentos de los defensores de la flor fue la autoría del diseño, que siempre se atribuyó al arquitecto modernista Josep Puig i Cadafalch. Pero se trata de una afirmación sin respaldo documental. Según aclara Esparza, «aunque recordaba a la flor de almendro a la que hacen referencia los motivos de toda la Casa Amatller, era diferente; era de piedra tallada a mano, mientras que el panot es de cemento hidráulico».

De los distintos diseños utilizados desde principios del siglo XX, el de la flor no es el más funcional, mientras que «otros incluyen líneas de desagüe, ayudan a evacuar el agua y facilitan el corte al llegar a la línea de fachada». No obstante, es el más emblemático, quizá porque siempre se asoció con uno de los protagonistas del modernismo catalán y porque también marcó ‘la ruta del modernismo’, a base de losetas rojas y redondas.  

La flor no solo se quedó en el Eixample. Llegó a otros barrios, «garantizando criterios de accesibilidad a toda la ciudad», y todavía hoy es una de las baldosas más demandadas en Barcelona. El tamaño de esta loseta (20×20), además, se acabó aplicando a otros elementos urbanos posteriores, como vados, bordillos y alcorques.

El panot de Gaudí

En el passeig de Gràcia, el suelo es arte. El panot hexagonal con el que se enlosó esta calle fue diseñado por Antoni Gaudí. Hoy la loseta Gaudí también se vende en forma de pendientes, anillos, mochilas y todo tipo de objetos. La creación es de 1904 y el arquitecto la diseñó para la Casa Batlló. En los años 60 proliferó una réplica azulada, que a menudo se consideró original. Pero aclara Esparza que eso tampoco es cierto: «Era una simplificación. En los años 80 se repuso esta otra, más pequeña y de color gris. Generó polémica porque la gente pensaba que la original era la anterior. Pero no es así: la original es la gris que hay actualmente. Reproduce tal cual la pieza que diseñó Gaudí, pero lo que hace es invertir el relieve».

En este paseo, cada dibujo completo lo conforman siete baldosas cuya simbología alude a la vida submarina como la concebía Gaudí. La pavimentación del paseo de Gràcia obliga a prestar atención al suelo y permite al transeúnte imaginar que camina sobre el mar.