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“Amsterdam no podría entenderse sin sus canales”. Suena a frase de guía turística, pero quien la pronuncia es Violeta Gago, arquitecta española residente en la capital de Holanda desde hace dos años. La ciudad, que hoy suma casi un millón de habitantes, proviene, de hecho, de un embalse. Para crecer en extensión, para replegarse ante ataques o para ejercer desde sus orígenes el simple acto del transporte, esta urbe ha necesitado de cauces artificiales que la enhebren de punta a punta.

“Por eso la llaman la Venecia del norte, aunque en realidad hay quien dice que debería ser al revés: Venecia debería ser la Ámsterdam del sur, porque tiene menos agua. Lo que pasa es que está más en el centro”, apostilla Gago.

Bajo esta premisa habría que entender muchas de las costumbres de sus habitantes. Y no nos referimos a pasear en barco o montar en bici por las orillas, sino a cosas mucho más serias. Como encarcelar a los presos en celdas subterráneas. Pasaba, ojo, hace siglos. Ahora todo es pasto de leyendas que se cuentan al abrigo de un brunch. ¿Y eso? Vayamos al grano: en el Torensluis, el puente más largo de Ámsterdam, hubo en su momento un espacio que se utilizaba como mazmorra temporal. Estaba debajo de la torre con la que se inauguró, hoy inexistente.

Fue a partir de 1648, cuando esta estructura de 42 metros de longitud terminó de construirse sobre tres arcos. Su ubicación, en pleno Singel (el canal que bordea la ciudad), sirvió de puerta de entrada. Y la famosa torre, llamada Jan Roodepoortstoren (o Torre del Reloj) funcionaba como un punto de referencia hasta que se derribó en 1829. En este corto margen temporal, el pilar que marcaba las horas reservó sus intestinos para aquellos malhechores capturados por las inmediaciones.

Se desconoce el papel que ocupaban estas habitaciones de parco ornamento. Así como corren rumores de que había un pasadizo que llegaba al Palacio Real para facilitar –dada la coyuntura– una huida rápida, poco queda escrito de estos metros cuadrados de roca y ladrillo.

Photo: Dana Marin — https://amsterdamian.com

Solo que pueden visitarse como una rareza. Que el misterio y la asepsia de tales dependencias sirven de guinda a una vuelta por este agitado rincón, a la altura de la plaza Dam. “La cimentación de la torre sigue siendo parte del puente y su huella es aún visible en el pavimento: queda la marca de un cuadrado de ladrillo con un color diferente”, apunta Dana Marin, creadora de la web Amsterdamian.com.

Esta escritora y fotógrafa rumana lleva desde 2010 en la ciudad y cuenta cómo también se observan desde la superficie “la entrada y las ventanas con barrotes de la mazmorra”. “Durante muchos años, la torre fue utilizada para una variedad de propósitos. Desde lugar de almacenamiento o prisión para delincuentes menores hasta puesto de escucha secreta durante la Guerra Fría”, añade.

Todo ha cambiado y de ahí que ya no sea la norma, sino motivo de charla desenfadada. Al Torensluis no se le nombra por su atalaya, sino por su número (Brug 9) o por Multatuli, apodo del escritor Eduard Douwes Dekker, cuya estatua permanece en pie sobre el puente. Y el hambre que se puede imaginar de unos presos desvalidos es ahora la cara opuesta a lo que emerge unos metros arriba.

“En estos momentos, el Brug 9 se ha convertido en una sede para conciertos, exposiciones, documentales por la noche, debates e incluso desfiles de moda”, indica Marin. Un club de jazz y las mesas de los restaurantes que abarrotan el área coronan uno de los emplazamientos más transitados por turistas y locales, según las impresiones de Dana Marin.

De morada de bandidos a instantánea en redes sociales. La palabra foodie se ha colado entre lo más etiquetado del lugar, a pesar de su pasado y de la importancia en el progreso de la ciudad. “El Singel rodeaba Ámsterdam en el siglo XVII”, subraya Violeta Gago, “y los canales no son, en ningún caso, un elemento de separación. Son conexiones fluviales e incluso visuales. Conforman el verdadero entramado urbanístico y le otorgan amplitud, luminosidad”.

“Esto no solo se traduce en la arquitectura, sino en la forma de ser. La gente se vuelca al agua cada vez que hace calor o hay ocasión, no tan a menudo en estas latitudes”, ríe. En el puente Torensluis les espera una prisión en desuso y, sobre todo, terrazas para tomar el café. Mostrándolo al mundo, si se desea, a través del móvil.