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Un día, de la cantera de Fantiscritti en Carrara se extrajo un bloque de mármol que muchos artistas iban a rechazar, pero acabaría convirtiéndose en símbolo de la belleza que el ser humano es capaz de crear. El trozo de piedra, de 5,80 metros de alto, surcó el Mediterráneo. Miguel Ángel Buonarroti meditaba sobre la materia de forma lírica: «Solo tengo que labrar fuera de las paredes rugosas que aprisionan la aparición preciosa». Si uno sigue su filosofía, es fácil imaginar cómo la mirada herida y desafiante del David aguardaba dentro ese bloque que ascendió por el río Arno hasta llegar a Florencia.     

El David no se vería tal como hoy es de no ser por ese bloque concreto. Quizás no causaría la misma admiración y especialistas y turistas no se detendrían ante él con los ojos extasiados. La historia podría haber sido otra: lo que la hizo girar en el sentido correcto no fue más que una combinación de casualidades sumada a la determinación de un Miguel Ángel veinteañero.

Cuando el escultor encontró el bloque de mármol, este había sido repudiado en varias ocasiones por otros artistas: presentaba hendiduras y agujeros. Años antes, un tal Francesco di Simone lo había deteriorado al intentar esculpirlo. Además, la misma geometría de la pieza, demasiado alta y estrecha, complicaba el trabajo. Algunos como Antonio Rossellino agarraron cincel y martillo, pero acabaron rindiéndose y abandonándolo más vapuleado de lo que estaba.

Buonarroti se encontró más tarde con una piedra erosionada por el fracaso de otros. Más de dos décadas antes, la Ópera de Duomo había encargado a Agostino di Duccio esculpir un David: el artista se puso a la tarea, pero finalmente desistió. Así, en el 1501, tras varios lustros de abandono, Miguel Ángel logró hacerse con el proyecto. Lo escribió en su diario: «Cuando volví [a Florencia], me encontré con que era famoso. El consejo de la ciudad me pidió que sacara un David colosal de un bloque de mármol ¡dañado! De casi seis metros». Sin embargo, no se arredró. Moldeó el monolito durante dos años hasta que, por fin, el héroe bíblico que dormía dentro emergió y volvió a respirar.

Tuvo que ser ese bloque y no otro porque, al parecer, las heridas y roturas del mármol condicionaron el resultado de la obra. Miguel Ángel tuvo que lidiar con ellas y aprovecharlas como quien elimina un mal tatuaje construyendo otro más grande y bello a partir del bodrio inicial. A pesar de los inconvenientes, el artista creó uno de los mayores emblemas de la cultura universal. Jugó con las proporciones físicas: la mano derecha y la cabeza de la figura son mayores de lo que correspondería. Unos especialistas hablan de que trató de representar la importancia de la inteligencia en la lucha contra el gigante; otros, en cambio, creen que el desajuste pretendía que, a cierta distancia, las proporciones se vieran exactas. El David quedaría como ejemplo de la sofisticación técnica renacentista.

La figura no es solo un emblema del Renacimiento por su calidad artística, sino por su simbolismo. El mundo que procedía de la Edad Media también parecía inservible, imposible de convertir en algo bello; y, sin embargo, como la piedra del David, acabó floreciendo.