COMPARTIR
10

Es un pueblo medieval que surge en medio de las montañas de la Lazio, a apenas una hora de Roma. Las casitas de piedra parecen trepar sobre el barranco, se extienden como si fueran una prolongación domada y civilizada del propio monte. Las espesas murallas terminan de dar al pueblo una imagen de fortaleza. En su interior, plazas tranquilas, iglesias silenciosas, calles empedradas: la estampa que uno espera de un precioso pueblo italiano. A las afueras encontramos el santuario del Arcangelo Michele, un edificio del siglo XIV. Para acceder a él hay que dar un paseo por la ladera de los Montes Cimini, así podremos admirar los olivos, los pinos y una imponente estatua Moai. Espera, rebobinemos, ¿qué pinta una escultura monolítica de los Rapa Nui en medio de un pueblo medieval italiano? La explicación a este enigma anacrónico se encuentra en la necesidad de dinero, las propiedades de una piedra y un programa de televisión.

Los Moais son estatuas misteriosas a las que se atribuyen poderes mágicos. Fueron realizadas entre el 700 d.C y el 1600 d.C., se intuye que como monumento funerario, en la Isla de Pascua. En los 90 se contabilizaron cerca de 900 estatuas. Pero desde ese año hay que añadir una más en un pequeño pueblo italiano. Se trata de la única estatua Moai fuera de los límites de la isla.

Su historia comienza en 1989, cuando una delegación de 12 maorís de la familia Atan, linaje noble de la Isla de Pascua, fueron a Vitorchiano con motivo del hermanamiento de este pueblo con su isla. Les movía no tanto descubrir nuevas culturas como preservar la propia: necesitaban financiar la restauración de sus esculturas, algunas en estado de abandono. La peculiar delegación se acercó a conocer el pueblo y encontró un inesperado punto en común con su lugar de origen. Este punto de unión se encontraba en las silenciosas iglesias, en el empedrado de las calles y en la espesa muralla de Vitorchiano. Respondía al nombre de peperino y era una roca de origen volcánico. «Es muy dura por fuera y blanda por dentro, lo que la hace perfecta para ser tallada  e idónea para soportar la erosión del tiempo», explica Luca Della Rocca, miembro del colectivo ArteCitta Viterbo. Desde esta asociación, Della Rocca se ocupa de dar a conocer las virtudes de la provincia, que desde hace unos años, incluye un monumento un tanto particular.

El peperino es un material que los vitorqueses llevan utilizando siglos en sus construcciones. También encontramos muchos ejemplos en la Roma clásica, como la Cloaca Máxima o la base del Castel Sant’Angelo. Lo que nadie sabía es que este material guardaba increíbles similitudes con el usado a más de 14.000 kilómetros de distancia para crear una de las esculturas más famosas del mundo.

El parecido sorprendió a la delegación de rapanuis, que, necesitados de dar a conocer su causa, aprovecharon la invitación para realizar el único Moai conocido fuera de la Isla de Pascua. Hasta el pequeño pueblo se trasladó un equipo de grabación de Alla Ricerca dell’Arca, un programa de la televisión estatal italiana. Cuesta imaginar la magnitud del evento en el pueblo. Durante un mes, unos desconocidos venidos del rincón más aislado de la tierra se trasladaron hasta allí, y un equipo de la televisión los puso en el punto de mira de toda Italia. «Fue una experiencia muy bonita», asegura Della Roccia, «un auténtico intercambio cultural. Durante ese mes los rapanuis se alojaron allí, visitaban los bares y alternaban con los vitorqueses». Este historiador destaca más allá del legado artístico, la experiencia y el intercambio cultural entre dos comunidades totalmente ajenas. Durante el mes de diciembre de 1989 la Isla de Pascua y este pequeño pueblo italiano estuvieron más cerca que nunca. Las amistades y los bares estaban bien, pero los rapanuis tenían trabajo por hacer. Decidieron construir la estatua directamente en la mina de peperino cercana al pueblo. Para su talla se negaron a utilizar la tecnología occidental: se sirvieron de sus propias herramientas tradicionales, para que el resultado fuera lo más fidedigno posible.

La escultura avanzaba a buen ritmo, a pesar de sus dimensiones. Mide seis metros y pesa 30 toneladas. Su tallaje es tosco pero efectivo, expresivo, enigmático. Cuando terminaron el coloso, este fue transportado con una grúa a la plaza central del pueblo e inaugurado con una ceremonia un tanto atípica: nada de cortar cintas rojas y besar a niños para la foto. Los fastos se combinaron con las costumbres rapa nui, con los ritos y ceremonias ancestrales de la isla.

Con el paso de los años una exposición reclamó la presencia de la estatua, siendo esta transportada temporalmente. Nunca volvió a su lugar. Los vitorqueses se hallaban divididos respecto a su localización y el nuevo ayuntamiento le encontró emplazamiento en las afueras del pueblo, un lugar menos majestuoso que, lo más importante, contravenía la leyenda que versa sobre estas estatuas: jamás pueden ser cambiadas de sitio y sobre quienes lo hagan recaerá una maldición. Todo esto ocurrió en 2008 y Vitorchiano parece seguir igual de tranquilo, bucólico y lleno de vida que hace años. La maldición se ha demostrado falsa. Y la vida en este pueblo sigue transcurriendo ante la atenta mirada del último de los moais.