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La riqueza y personalidad de muchos barrios de España merecerían la elaboración de una particular cartografía porque, con independencia del municipio al que pertenezcan, son espacios humanos que laten con identidad propia. Se distinguen por ser territorios que mantienen su idiosincrasia alejados de la funcionalidad y frialdad de las nuevas ampliaciones residenciales de las ciudades, y que se han convertido en baluartes asediados por la rampante gentrificación.

A este mapa del urbanismo hecho a medida del hombre pertenecería El Palo, una popular barriada ubicada al este de Málaga que siempre ha vivido al margen del trajín de la ciudad. Aún hoy, cuando sus vecinos van al centro exclaman ¡Voy a Málaga!. Y uno de sus atractivos reside en haber conservado el carácter y la fisonomía de un pueblo.

La autenticidad del Palo es consecuencia directa de sus orígenes humildes. Los primeros habitantes del actual barrio ocuparon las cuevas naturales del lugar. Más tarde llegaron nuevos vecinos que huían de la sequía de comarcas cercanas y comenzaron a construir chozas y pequeñas casas. A principio del siglo XIX, para erradicar las fiebres y el paludismo, se desecaron las abundantes lagunas de la zona y se cultivaron fértiles huertas. La producción de vino fue habitual, pero desapareció después de la plaga de filoxera.

Desde ese momento la actividad tradicional de la pesca se convierte en el único recurso para sobrevivir y muchos pescadores comienzan a levantar casetas para guardar sus enseres que terminaron convirtiéndose en viviendas. Se van formando calles sin asfaltar aunque durante mucho tiempo el barrio carece de las mínimas infraestructuras de agua, electricidad o alcantarillado. Hasta bien entrado el siglo XX, El Palo es conocido como ‘las Hurdes malagueñas’ y era habitual en Málaga la expresión “eres más pobre que la gente del Palo”.

La gran cantidad de infraviviendas que existía comienza a desaparecer a partir de la década de los 80 y, con la moda de tomar baños, se construyen en el barrio villas de veraneo para la burguesía malagueña. Por otro lado, los pescadores toman la iniciativa y empiezan a abrir locales donde ofrecen lo que capturan en el mar. De hecho, el concepto de chiringuito de playa —antes llamado merendero— surge en este punto de la costa de manera simultánea al invento del espeto de sardinas, la manera que los pobres inventan para comer el pescado y que se convertiría en su estandarte gastronómico.

Como símbolo de los posos culturales que por esta tierra dejaron otras culturas, los marineros del Palo continúan echando sus redes para arrebatarle al mar sus exquisitas sardinas y boquerones, desde unas embarcaciones llamadas jábegas que llevan pintados a ambos lados de la quilla un ojo, herencia directa de los barcos fenicios. En pocos lugares del Mediterráneo se sigue construyendo esta ancestral barca.

Aunque el Palo ha permanecido inmerso en su lucha por la subsistencia y en su modesta manera de vivir, no ha podido permanecer ajeno a los avatares de la historia. El primer ataque de los nazis en España se produjo en la playa del Palo cuando un submarino alemán hundió otro sumergible de la II República. Los planes por reflotarlo siempre se han cancelado y permanece en el fondo del mar con tripulación incluida.

Sin abandonar la tragedia de la Guerra Civil, este barrio fue uno de los escenarios del atroz bombardeo sobre población civil en el episodio conocido como La desbandá. Tras la toma por las tropas franquistas de una Málaga leal a la República, una columna de gente indefensa fue atacada por tierra, mar y aire en su huida hacia Almería, la única salida posible. Murieron 6.000 personas. Más tarde, el arrabal fue devastado porque los marineros y sus barcas abastecían de víveres a la Marina republicana.

Esta modesta barriada vivió su propia problemática durante la transición. Las bolsas de marginalidad, fruto del endémico abandono de las instituciones, fue el caldo de cultivo para la delincuencia y el menudeo de droga. A pesar de que la mayoría de los paleños son gente trabajadora, las actividades ilícitas de unos pocos colgaron al barrio el injusto sambenito de ciudad sin ley. En este entorno discreto y confuso encontró refugio un experto en dar el palo: Erik El Belga, el mayor ladrón de arte del mundo que tuvo al patrimonio español como objetivo de sus golpes.

Este traficante de arte, ya retirado, ha recuperado como el barrio que le acoge el placer de la vida sin sobresaltos. Ahora es un barrio multicultural donde la  convivencia y la buena vecindad sigue siendo norma, un litoral donde disfrutar del mar sin aglomeraciones y el sitio ideal para paladear la sencilla cocina de los pescadores. La única preocupación de sus habitantes es que el espacio público y su tradicional espíritu comunitario terminen engullidos por el pez grande de la especulación.