El perfume de Croacia

Split

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Además del olivo, la cuenca mediterránea alberga una amplia botánica endémica de la que hay que destacar la planta de la lavanda. El uso terapéutico y aromático de sus flores es milenario y los romanos se encargaron de esparcirla más allá de su ecosistema original, introduciéndola incluso en Britania.

En Croacia, la lavanda forma parte de la imagen del país y constituye un auténtico icono nacional. No es extraño tropezarse con su penetrante olor, ya que se ha utilizado ancestralmente como ambientador y repelente de insectos. Al entrar en cualquier casa croata o, por ejemplo, en la habitación de un hotel, los efluvios de la lavanda inundan la estancia y perfuman toallas y sábanas. De esta manera tan sencilla, la marca Croacia consigue envolverse de un grata sensación de limpieza y frescor.

Aunque la lavanda se cultiva o crece de manera natural en varias zonas del país, es en la isla de Hvar, situada en la costa de Dalmacia, donde adquiere propiedades de alta calidad. El motivo radica en la idoneidad del suelo y en su clima templado, así como en la prolongada insolación que recibe la planta. Las mismas 140 horas de sol garantizadas y la ausencia de precipitaciones que se venden como reclamo para los turistas consiguen que la lavanda alcance una alta concentración de su esencia química. Es tal la excelencia de su fragancia que ha superado a la afamada lavanda de la Provenza francesa.

Hay que añadir a las óptimas condiciones naturales el otro secreto de su éxito: su cultivo se hace de manera ecológica. Los agricultores de Hvar la dejan crecer de manera silvestre junto a otras plantas y matorrales, sin planificar esos grandes campos de lavandas alineadas que imperan en otros lugares. Después, la recolección se realiza con mucho mimo, a mano, y su procesamiento es semiartesanal.

Esta manera de cultivar no siempre fue así. La lavanda comenzó su auge en la isla después de la 1ª Guerra Mundial tras una epidemia de filoxera que arrasó con el tradicional cultivo de la vid. Los vinateros encontraron una planta sencilla de cultivar y que necesitaba pocas inversiones. Pero en  la época de entreguerras se implementó el monocultivo y se sembró una variedad híbrida de baja calidad. Ya a finales del siglo XX, tras la guerra con Serbia, que era el principal cliente de aceite de lavanda, se produjo un declive en la producción tras el enorme stock que se acumuló.

En 1998, una asociación de agricultores en Hvar comenzó un nuevo proyecto al apostar por el cultivo orgánico y emplear semillas de alta calidad. Se decidió imitar los buenos resultados que la propia naturaleza había ofrecido desde siempre. Ha sido tal el acierto y el empeño de estos cultivadores de lavanda que casi la totalidad de la producción es exportada al extranjero, principalmente a Francia y a su insaciable industria cosmética. Tampoco han dudado en mostrar con orgullo la cultura de sus tradiciones y desde hace años la isla cuenta con una Feria de la lavanda. Se celebra a principios de verano en la localidad de Vole Grablje, coincidiendo con la recolección de la flor para su posterior proceso de destilación en aceite.

En todas localidades de la isla existen tiendas y mercadillos en cuyos puestos se vende, de forma exclusiva, lavanda natural y productos derivados de ella. El aceite es el producto estrella porque su poder relajante es apreciado desde la antigüedad —ahora triunfa en la aromaterapia—, y por combatir dolencias musculares, epidérmicas y digestivas. También se ofertan una amplia gama de perfumes y aguas de colonia,  jabones, cremas, ambientadores. La lavanda, en general, se ha convertido en un imprescindible recuerdo para viajeros y turistas. Nunca un souvenir fue tan útil y refinado.

Si coincide con nuestras fechas de viaje, es imprescindible experimentar el espectáculo único de la floración de la lavanda, que comienza a mediados de junio y continúa hasta finales de julio. Infinidad de explosiones de manchas violetas inundan la llanura de Stari Grad y las laderas de los montes, rodeadas de viñedos y olivos centenarios. Al atardecer, el aroma dulce de la lavanda se mezcla con el del romero, coronado con el olor fresco del pino carrasco. Al fondo, el mar Adriático presta su gama de azules profundos y turquesas.

Photos: Manuel Montaño