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Nadie dijo aquello de “Venga, vámonos” con tanto descaro. Pocos han soltado con tanta chulería y estilo una frase tan ridícula como “Oye, pequeña, quiero ser tu novio”. Quizás por eso, el legado de Los Ramones (con artículo) es universal. De acordes rápidos, frases contundentes y pocas ganas de inducir al público al baile agarrado, este grupo estadounidense pegó un bofetón al pop de los setenta.

Junto a otras leyendas como Blondie, Sex Pistols o The Clash, los cuatro componentes de esta banda fulminaron el siglo XX antes de tiempo. Joey, Johnny, Dee Dee y Tommy –componentes originales– se unieron en 1974. Empezaron a publicar en el 76. Y en 1980 escalaron a lo más alto con su The End of The Century, una forma de imprimir locura, rebeldía y greñas a la juventud, al instituto y a los primeros amores. Todo, plasmando sus caras virginales sobre un fondo rojo: nada más transgresor.  

Photo: Adina Scharfenberg

De aquellos ritmos neoyorquinos se contagió Flo Hayler, de 44 años. Este berlinés era seguidor de la banda y fue acumulando gran cantidad de recortes, objetos o música relacionados con ella. Al principio, según cuenta, era algo personal, íntimo. Hasta que en una mudanza vio que ya ocupaba ocho cajas. Y decidió exponerla en un apartamento. “Se denominó el Museo de Los Ramones como una especie de chiste, aunque en realidad teníamos piezas valiosas, como unos vaqueros desgastados de Johnny o unos guantes de Joey”, relata por correo electrónico.

Algunas cosas le llegaban gracias a allegados de la banda. Otras las encontraba por distintos cauces: “Ebay fue de gran ayuda. Y sus mánagers, acompañantes de giras, fans, etc.”, alega Hayler. La entrada a su pequeño santuario era gratuita y solo en fin de semana. Hasta que el casero del inmueble, dos años después, vio la oportunidad de alquilarlo. “Por nueve veces el precio que se pagaba”, subraya. Entonces se atrevió con un bar-museo. En 2005 abrió las puertas. Fue en otro local, donde duró dos años. Luego se mudó a otro y en marzo de 2017 se estableció en el actual, situado en el número 5 de Oberbaumstraße, al lado del río Esprea.

Photo: Adina Scharfenberg

En todos ha usado el famoso logotipo de la banda y ha colgado un ‘Ramones Museum Berlin’ bien grande. También ha sumado una barra con bebidas, cafés  o tartas (casi todas veganas, detalla). “Ahora pasarán unas 10.000 personas al año, aunque no las he contado”, bromea el fundador, que asegura que el mayor éxito es seguir en pie. “En el momento de inauguración no le habría dado ni una semana. Supongo que ahora se ha extendido el nombre”, reflexiona quien no acostumbra a recomendarlo por no defraudar a los visitantes. “Algunos vienen con muchas expectativas y preferimos no alardear. Además, gran parte del día está vacío, tranquilo”, apunta.

¿Qué se puede ver? Por 4,5 euros (seis si es con bebida) se es miembro del museo de por vida y se accede a la planta superior. Allí se muestran más de 1.000 objetos: guitarras originales, camisetas, pautas de conciertos, cartas, pósteres o hasta los restos de la cinta aislante que usaba el bajista en sus dedos “manchada de sangre”. Y hay un apartado para cada miembro (ocho en total, tras la separación o el fallecimiento de los fundadores).

“Los Ramones eran una máquina del merchandising. Convirtieron frisbees, calcetines, bermudas, sombreros, alfileres, banderas, carteles, fotos o baquetas en productos promocionales del grupo. Casi todo lo que vendían es ahora parte de la exhibición, que incluye más de 50 camisetas diferentes de varios tours, épocas y países”, expone en la web.

Incluso se pueden comprar ciertos recuerdos, como tazas, pins o imanes. Pero lo que más destacan los visitantes es tomarse algo metido en un ambiente único. De hecho, ni siquiera en Queens –barrio del grupo– tienen algo parecido. “Muchos se preguntan por qué hay un museo de Los Ramones en la capital de Alemania. No lo sé, pero alentamos a que abran uno en su ciudad natal”, explica Hayler. “Otros llegan aquí por casualidad, solo para comer tarta”, dice quien selecciona un paquete de galletas de 1986 como su preferido del catálogo, “aunque sea bastante asqueroso”.

En estos años, anota el dueño, han recalado Debbie Harry o Chris Stein de Blondie y David Byrne, de Talking Heads. “La hermana y la madre de Dee Dee han pasado unas cuantas veces y han donado cosas suyas”, agrega, recordando también a primos de Joey o gente muy cercana, como Arturo Vega –diseñador del logo–, Monte Melnick –conocido como “la niñera” por los kilómetros que pasó al lado del grupo– o Danny Fields, escritor y mánager. Han encontrado, al otro lado del océano, esta pinacoteca con grifos de cerveza dedicada a sus cuatro melenudos. ¿Qué, nos vamos?