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Sorprende el sitio en sí, pero sorprende más ver la cantidad de personas que se desplazan hasta aquí por gusto. Sin carreteras principales ni apenas indicaciones, un ejército silencioso se aproxima a un aparcamiento de arena que más parece la cita a una fiesta clandestina que el prólogo a una experiencia artística. Centenares de curiosos que miran con sospecha, familias con niños extrañados o piezas sueltas de esa gran amalgama a la que llamamos turismo. Van perdidos después de ser esclavos del GPS. A unos pasos les espera un universo nuevo y no están para saludos. Un viaje por la mente y la obra de Niki de Saint Phalle, esa mujer que disparaba pintura con pistolas, que creó las nanas –esos cuerpos femeninos no canónicos, de volumen arriesgado y colores chillones– y que, influida por varias corrientes, montó un parque dedicado a su gran obsesión: el tarot.

Photo: Valerio Mei

El nombre, por tanto, no podría ser otro: El Jardín del Tarot. Elegido a las afueras del municipio de Capalbio, páramo de una Toscana de postal, con viñedos e iglesia en lo alto. A un puñado de kilómetros del Mediterráneo en su versión más industrial, con el puerto de Civitavecchia de fondo y dos horas de trayecto en coche hasta Roma. Llama la atención el emplazamiento y llaman la atención esos tornos de parque de atracciones que te acercan a un recorrido lisérgico de esculturas con mosaicos, móviles de chatarra y torres cuyos interiores carecen de ángulos marcados. Cuesta describirlo sin soltar la palabra loco unas cuantas veces o sintetizándolo en un par de oraciones, como habréis podido comprobar.

No es raro que las referencias más habituales sean al Park Güell barcelonés. A ese espacio de recreo que montó Antonio Gaudí cuando intuyó la magnitud de la Sagrada Familia. La impresión es parecida: recibe al entrar una escalinata con una fuente liderada por dos rostros de plata y cian. Unos soportales de columnas desacompasadas completan el patio principal, que se esparce entre lenguas de tierra hacia las otras figuras, cada una simbolizando los 22 arcanos mayores del tarot: una sacerdotisa, el hierofante, el sol, la luna y tantas cartas más asociadas al misticismo y la magia.

Huelga decir –aunque suene a tópico– que fue el trabajo de su vida. De hecho, en la web del lugar se remontan a 1955 para explicar su construcción. Momento en el que una Saint Phalle de 25 años, joven y bohemia, posa sobre los bancos del Park Güell. Inevitablemente, “cae enamorada” del modernismo en su versión más osada: “Me encontré con mi maestro y mi destino. Temblé. Sabía que yo también, algún día, construiría un jardín de alegría. Un pequeño rincón del paraíso”, dejó escrito. Viaja por el mundo regándolo de nanas y esculturas por encargo. Visita Los Ángeles, vuelve al Viejo Continente y a mediados de la década de los setenta planifica este enorme vergel.

Pasa 1979 en la región, pincelando los últimos esbozos. Está a punto de cumplir 50 años y, aún peor, de serle diagnosticada una artrosis neumática crónica. A pesar de esos posibles obstáculos, continúa la labor junto a varios compañeros. Relató así aquellos inicios: “Primero se trazaron senderos de piedra, luego se aplicaron redes de alambre a las construcciones de hierro que habían sido rociadas con cemento. Algún tiempo después, un asistente me pidió que probara su capacidad para cubrir las esculturas con espejos de vidrio, demostrando ser un verdadero poeta en este tipo de mosaico”.

Photo: Valerio Mei

La acompañaba su marido, el escultor Jean Tinguely, que merece parte del protagonismo. Algunas piezas superan los cinco metros y se yerguen por encima de los árboles. Cada una cargada de simbolismo y de surrealismo pop. Hay que forzar el músculo de la abstracción para pillarles el sentido, un ingrediente fundamental en el mundo del tarot. Salvo en el caso del emperador, el mago o la emperatriz, reconocibles a distancia y de tal envergadura que en esta última fijó Saint Phalle su residencia mientras avanzaba el proyecto.

Photo: Valerio Mei

Terminó en 1998 esa “autobiografía astral” que fue impregnándose de recuerdos y nuevas ideas. Autofinanciada y con varios mensajes implícitos, como la primordial presencia del agua (a modo de flujo vital) o el poder figurativo de las mujeres: “Tenía la imperiosa necesidad de demostrar que una mujer podía asumir una obra tan loca y grande. Estaba como embrujada”. “El jardín es una frágil obra de arte que necesita una atención constante. Después de trabajar veinte años en este proyecto no tengo ninguna intención de ver destruida su delicada belleza. Mi jardín es un lugar alejado de la muchedumbre y el apremio del tiempo”, expresó antes de morir en 2002. Le sorprendería ver cómo, durante los meses que abre –de abril a octubre– su rincón de paz es un continuo trasiego de visitantes.   

Photo: Valerio Mei