COMPARTIR
13

La invasión de anglicismos también ha llegado al medioambiente. Ser green o ecofriendly no es ningún insulto, sino preocuparse por nuestro planeta. Y Barcelona, siempre en vanguardia, ha querido recoger el testigo de otras urbes europeas y enmarcarse dentro de esta senda hacia la sostenibilidad. No solo desde lo público, impulsando —por ejemplo— los carriles bici o el transporte colectivo, sino desde iniciativas privadas. Proyectos que, nacidos en grupos pequeños, tratan de formar una red que altere el modo de consumo social.

Xarxa de Consum Solidari

 

Una forma de actuar que parta desde lo más cercano. Que siga la máxima “piensa globalmente, actúa localmente”. Cooperativas de consumo, tiendas de comercio justo, artesanías que primen el trabajo próximo o restaurantes donde lo fundamental es que el plato sea lo menos dañino al medio ambiente posible. “Comida Kilómetro Cero”, lo llama Daniele Rossi, un italiano de 50 años afincado desde hace dos décadas en la Ciudad Condal. Junto a su compañera Chiara Bombardi, de 45 años y también italiana, se encarga de dirigir la plataforma Slow Food Barcelona Vázquez Montalbán, llamada así en homenaje al famoso escritor y gourmet. “Tenemos dos ejes de actuación”, indica, “un mercado donde vendemos productos de la tierra de varias asociaciones y una serie de locales registrados como cumplidores de este movimiento”.

Olokuti

 

Esta corriente se contrapone a las prisas en el cocinar, las prisas en el comer y las prisas en el comprar. En suma, lo que indica esa ‘lentitud’ a la que alude es a seguir los ciclos de la tierra. A consumir lo que brote en cada época, sin métodos intensivos. A hacerse a la idea de que un buen ágape requiere mimo en los fogones. “Nos instalamos en 2005 y fíjate si hemos visto evolución”, dice Rossi. Hace 17 años, sostienen, poca gente sabía qué quería decir eso de ‘soberanía alimentaria’, ‘fruta orgánica’ o ‘no modificado genéticamente’.

“Nos ha costado muchísimo, pero ahora tenemos muy buena acogida, más interés y más preocupación”, concluye. Entre los participantes, la palabra ‘moda’ suele repetirse. No es que se trivialice su propuesta, pero a veces da la sensación de que muchos clientes han optado por estas opciones saludables y respetuosas solo por estar en la onda. “Puede que sea algo transitorio, pero la mayoría está concienciada”, dicen por su parte desde Xarxa de Consum Solidari, un colectivo que reparte productos locales y trata de sensibilizar sobre el efecto de nuestros actos cotidianos. “Nos constituimos en 1995, pero funcionamos desde el 98. Ahora somos unos 200 socios y claro que ha existido un bum, aunque se haya atenuado con la crisis”, responden en la sede.

Slow Food Barcelona Vázquez Montalván

 

A la larga, la intención de estas agrupaciones y negocios es cambiar hábitos como importar alimentos del otro lado del mundo cuando se pueden conseguir más cerca o favorecer un reparto más equitativo en la cadena de producción. Que la huella ecológica, es decir, el impacto ambiental por cada uno de nuestros actos, sea el mínimo reduciendo el combustible necesario para transportarlo, el agua para regarlo o la cantidad de tierra empeñada. O que del costo total no haya un porcentaje tan dispar entre el recolector y el intermediario.

¿Cómo se consigue esto? Olokuti, una cadena con tres locales repartidos por los lugares más céntricos de Barcelona, aboga por el comercio justo. Su nombre, que en la lengua masai significa ‘el mundo entero’, resuena desde hace 13 años en la Ciudad Condal gracias a varios socios extranjeros y nacionales que llegaron a por todas. “Fuimos pioneros y ahora ves que se repite el modelo. Formamos parte de esa gente que cree que puedes cambiar las cosas poco a poco”, reflexiona Bibi Shong, una de sus fundadoras.

Slow Food Barcelona Vázquez Montalván

 

Holandesa de 43 años, Shong relata cómo, más que una tendencia, este camino responde a darse cuenta de que “no hay vuelta atrás”: “Lo que antes veíamos lejano ahora ya nos empieza a afectar. Por eso ahora ves una prenda de vestir y ya sabes lo que hay detrás. Y quieres poner tu grano de arena”. Sus comercios ofrecen desde alimentación hasta pañales, cepillos de dientes o chupetes. Todo con los materiales menos agresivos con el entorno.

Cleia Armengol, de Home on Earth, mantiene el razonamiento: “El objetivo es volver la mirada y los sentidos a lo esencial. Nuestra forma de pensar y trabajar es la columna vertebral de nuestras acciones. Y nuestro día a día como pequeña empresa: apostar por los materiales naturales y duraderos respetando los ciclos de producción. Recurrimos siempre a las mismas familias y grupos de artesanos, con quienes mantenemos también una relación de amistad. Hay un interés más allá de lo estético. Es importante el componente social. Queremos pensar que la forma de plantear un negocio también puede contribuir a otro tipo de economía, más próxima y respetuosa. Que dé la espalda a la producción masiva, a las grandes cadenas, al plástico y a la explotación en el trabajo. Así que esperamos que no se trate de una tendencia pasajera, sino una forma concreta de mirar hacia el futuro”, zanja.