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Grecia y Turquía tienen un pasado en común y un conflicto a veces irresoluble. La guerra ahora no radica en la pertenencia a un territorio o en el desenlace de una batalla pretérita, sino en los puestos callejeros de comida. El pincho típico del país heleno contra el internacional kebab.

Ante la expansión del plato turco a todos los rincones del mundo, Grecia ha sacado pecho. Su capital, Atenas, ha dejado el Partenón a un lado y se ha abierto en canal por otra causa: el souvlaki, una vara de hierro con trozos de cerdo insertados que se ha desmarcado de su origen plebeyo para declararse una auténtica experiencia culinaria.

“También puede ser de pollo, ternera o cordero”, advierte Victoria Dolia, psicóloga de 30 años y oriunda de la capital griega. Lo fundamental, cuenta, es que vayan aliñados con sal, pimienta y un chorrito de limón. Y que se les pase por la brasa de carbón, impregnándoles ese olor a monte que los hornos modernos del kebab de barrio han perdido. “Lo normal es acompañarlo con patatas fritas o el típico pan de pita griego, que se parece al naan indio”, comenta.

Aunque en sus inicios se le dedicara despectivamente el apodo de fast food y estuviera pensado para engullir al paso, ahora es uno de los alimentos estrella de este país de diez millones de habitantes. Sobre todo en su epicentro histórico y político. Gracias, quizás, al proceso de marketing que sufren todas las esferas vitales, este plato ha pasado a formar parte del elitista club de la street food que impera en los apéndices de las guías. Y en las páginas dedicadas a lo gourmet.

Al menú completo se le llama ‘mérida’ y se le incluye arroz o patatas, rodajas de cebolla y tomate, salsa de mostaza o kétchup y, mínimo, dos brochetas. Igual que el kebab, por mucho que a algunos les escueza. “Se le envuelve con el pan y se le echa tzatziki, crema de yogur y pepino”, señala Dolia, que aconseja ir a la zona de Monastiraki, en el centro de Atenas, para elegir entre decenas de opciones. “Pero están en todos los sitios”, insiste.