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Simao Carneiro estudió enología y era profesor de química, pero se cansó. Conoció a varios editores en ferias del libro y así comenzó su acercamiento a los libros desde el punto de vista profesional. Lector ávido ya era. Un día dejó su trabajo y se lanzó a perseguir su sueño: montar una librería. Lo que quería, en realidad, era sentirse libre.

Se hizo con un local diminuto en las escaleras de Sao Cristovao, en la parte baja de Lisboa, un lugar en el que los paseantes no esperan encontrar una librería, a menos que lleguen buscando la más pequeña del mundo. A menudo ocurre: guías turísticas llegan hasta su puerta y comienzan a decir en inglés que esa, y no otra, es la librería más pequeña del mundo; que está en el Libro Guinness de los Récords.

A Simao le importa poco si su librería es la más pequeña del mundo. Lograr el récord no era su intención y habría preferido pasar desapercibido en este sentido. Él simplemente buscaba un lugar en el que colocar miles de libros en el casco antiguo de Lisboa y solo había uno disponible. No encontró otro lugar más espacioso, pero le pareció suficiente.

Primero quiso llamarla Trieste, como un libro del poeta y librero italiano Umberto Saba. Pero luego recordó que no le gusta nombrar las cosas, así que, aunque llegó a publicitarla como Trieste, pasó a llamarse Livraria do Simao. Para él, eso equivale a no tener nombre.

El local, que apenas mide 4 metros cuadrados, alberga más de 3.000 libros en portugués, español, inglés, italiano, chino y japonés. Todos ellos se reúnen en torno a una especie de altar dedicado al poeta luso más conocido y más buscado: Fernando Pessoa. Dentro solo cabe una persona y tiene que pasar de lado.

Hoy Simao vive de lo que quiere y se siente libre, pero sin dejar de ser muy disciplinado en su trabajo. Es consciente de que la gente no necesita los libros para vivir. Así asume con serenidad los días en los que no vende ni uno. Hacer las cosas con pasión es para él la mejor manera de superar esos reveses del día a día.