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Muchas veces nos consolamos gracias a lo que le ocurre al resto. Normal: vivimos en una constante comparación. ¿Qué haríamos sin un marco donde señalar qué está dentro y qué fuera de la norma? Uno puede darse cuenta de esas cosas viéndose representado en un personaje real o de ficción, estudiando las teorías de nuestros antepasados o por la mera experiencia. Ahora, también puede llegar a estas conclusiones mirando un muro de París.

Concretamente, el que se encuentra en el pasadizo de la Rue Vaugirard con Garancière. Aquí, frente a los jardines de Luxemburgo, se muestra de forma algo parca un metro. La medida de todas las cosas. Observándolo, uno puede darse cuenta de esa arbitrariedad con la que regimos nuestro mundo. Y eso que luce a medio gas en un sobrio bloque de mármol y con una escueta inscripción.

En ella se dice cuándo y por qué se colocó en este lugar: entre febrero de 1796 y diciembre de 1797 se distribuyeron a lo largo de la ciudad varios ejemplos de lo que se había acordado como medida universal (en la actualidad, este es de los pocos que se mantienen en su lugar original). El porqué es el siguiente: el metro necesitaba promocionarse para que todos lo aceptaran. Una campaña que comenzó en la Revolución, ejecutada en 1789. Entonces, sus artífices reunieron a una comisión de científicos para elaborar un sistema de pesos y medidas internacional.

Llegó la primera respuesta en 1792: el metro era la diezmillonésima parte de la distancia que separa el polo de la línea del ecuador. De ahí salió este mètre étalon que corona lo que fue una pared insignificante. Dando la medida exacta a todas las cosas. Hubo un par de modificaciones posteriores, en 1889 y en 1960, de lo que significaba un metro. Causantes de que la Oficina Internacional de pesos y medidas diga ahora que este, del que hablamos, “no es un prototipo como de los que ellos se ocupan”. En cualquier caso, servirá como referencia con la que comparar nuestras inquietudes.

Photos: Nicolas Bonnell